Gail Falkenberg: una intrépida abuelita

16 Abr

Tejer un pulóver al crochet, jugar a la canasta mientras disfruta de una empalagosa torta y hacer aqua gym con un grupo de jubilados, no son las actividades corrientes de Gail Falkenberg. Esta “abuelita” estadounidense de 69 años decide ocupar la mayor parte de su tiempo jugando al tenis, deporte en el cual compite profesionalmente, y donde hace unos días venció a una chica de 22 años y enfrentó a una ex número uno del mundo Junior medio siglo más joven que ella.

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Falkenberg preparando su servicio.

Hasta los treinta y tantos años, Gail Falkenberg jamás había tomado una clase de tenis. Es decir que la vecina de Ocala, una pequeña ciudad de la Florida, reconocida en todo el globo (¿) como la capital mundial del caballo, nunca tuvo que sufrir el interminable canasto de pelotas para perfeccionar un golpe. Tampoco tuvo que practicar los diferentes efectos del servicio ante la penetrante mirada de un entrenador que reclama mayor flexión de las rodillas. El camino de la señora Falkenberg no fue el convencional. Recién en 1985, cuando tenía apenas 38 años, disputaría su primer torneo profesional. A los 43 se retiraría, pero antes habiendo alcanzado el puesto 360° del ranking WTA.

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“El Australian Open de 1988 probablemente haya sido el highlight de mi carrera tenística. Aquel año compartí el vestuario con Chris Evert, Martina Navratilova y Steffi Graff. Haber ganado una ronda fue tremendo”, le cuenta a EfectoTenis sobre el único Grand Slam que disputó, donde logró avanzar una rueda de la clasificación.

Previo a su incursión en el tenis de alto nivel, en los sesenta, en la Universidad de California de Los Ángeles, Falkenberg conformó el equipo de tenis y se graduó de Licenciada en Arte y también realizó una Maestría en Bellas Artes. Luego, durante quince años, desarrollaría su carrera laboral dentro de la producción audiovisual. “Después de todo eso, nada más que tenis. Es por ello que tener éxito a tan alto nivel significa muchísimo para mí”, relata Falkenberg, quien de 1991 a 1999, entrenó a hombres y mujeres de la Universidad Central de Florida, en Orlando.

Pero la historia recién está tomando temperatura, cuatro veranos atrás decidió que el mote de tenista retirada no era el indicado para una señorita de su edad y volvió a la actividad profesional disputando Women’s Circuits –el equivalente a los Futures de los hombres-, a través del ingreso que le otorgaba su ranking nacional de la USTA.

“Me sigue gustando. El tenis me mantiene joven”, comenta unos días después de haber terminado una racha de 35 derrotas consecutivas, su última victoria había sido en 1998. El domingo pasado en el Women’s Circuit de Pelham, en Alabama, superó contundentemente a su compatriota Rosalyn Small, de 22 años, por 6-0 y 6-1. “Pensé que ella podía llegar a tener problemas con mi juego de efectos y finalmente los tuvo. Estoy muy satisfecha de haber ganado de esa manera”, aclaró Falkenberg sobre aquel match.

Cuando habla sobre su juego de efectos se refiere a los estilos de saque que ejecuta: de arriba (a lo socia dominguera de un club palermitano) o de abajo, parecido a uno de ping pong. También, todos sus golpes son con mucho slice, efecto que hace que la pelota se deslice sobre la superficie y el pique sea bajo. Además, su vestimenta, al igual que su estilo de juego, ejerce un anclaje con el pasado. Falkenberg juega toda vestida de blanco, de los pies hasta la cabeza. Zapatillas, medias tubo que apenas dejan ver sus rodillas, un pantalón corto amplio, chomba y gorra. Todo inmaculado y al mismo tono.

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La alegría de volver a sentir la satisfacción del triunfo después de dieciocho años hizo valer todos aquellos entrenamientos sobre arcilla y cemento en el (Ricky(?)) Fort King Tennis Center. Ahora tocaba medirse ante Taylor Townsend, actual 389° WTA, ex líder del ranking junior en 2012 y promesa del tenis estadounidense. “Me encantó haber jugado con alguien tan buena como Taylor. Pude ver qué partes de mi juego funcionaron y cuáles otras debo seguir trabajando. Uno solamente puede aprender jugando en el alto nivel”, señalaba Falkenberg luego de haber perdido previsiblemente por 6-0 y 6-0, en 36 minutos de partido, en el cual solo ganó doce puntos.

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Taylor Townsend, la verduga de Gail.

Sin importar este resultado, en el círculo íntimo de este tipo de torneos manejados por la Federación Internacional del Tenis (ITF), Falkenberg es conocida como “The Legend” (La Leyenda). El elogio de sus colegas le llegó a través de Keri Wong (921° WTA), otra tenista estadounidense de 26 años, quien alimentó el ego de esta veterana luchadora.

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A pesar de su particular palmarés, Falkenberg de ninguna manera pierde el optimismo y apunta alto para lo que resta de su juvenil carrera. “Mis objetivos son ganar dos partidos seguidos en el circuito, mejorar y ganar cuando tenga setenta años”, cierra ilusionada “The Legend”.

EL DÍA QUE CASI LE GANA A JENNIFER CAPRIATI

En un evento preclasificatorio para Big Amelia Tournament –torneo que solía integrar el circuito profesional- , donde la ganadora obtendría un wild card para el cuadro principal, Falkenberg enfrentó a Jennifer Capriati. Por ese entonces, la ex número uno del mundo tenía 13 años y, según nuestra veterana protagonista, venía de ganar el campeonato nacional para menores de dieciocho años. Finalmente, en aquel match  disputado en Orlando, Falkenberg perdería 7-6 y 6-4, pero tiene grandes recuerdos. “Para mí era el segundo partido del día, porque esa mañana había vencido en tres sets a la jugadora número uno de la Academia Bollettieri. Estaba cansada, pero probablemente haya sido la mejor jugadora contra la que he jugado”.

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Capriati, campeona de Roland Garros 2001.

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Las dos propuestas de casamiento de Nico Almagro

8 Ene

Dos veces se arrodilló. Dos veces sostuvo un anillo y estiró su callosa mano ofreciéndole amor eterno. Dos veces Nicolás Almagro le pidió casamiento a su actual esposa: una, en diciembre de 2014; la otra, hace dos años y medio, durante su primera cita. Hace menos de un mes, el tenista español logró ganar su título más importante. Lo consiguió en un registro civil y lo selló en la iglesia. El murciano de 30 años, ex 9° del mundo en 2011 y un verdadero “cabrón” dentro de la cancha, demostró que existe otra faceta en su personalidad. Almagro, un romanticón que, en la compañía, encontró el equilibrio que tanto necesitaba.

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Los recién casados.

Sentada en una silla plegable bajo la sombra, y luciendo una gorra que la resguarda del fuerte pero aún primaveral sol porteño, Rafi Lardín observa con atención como su esposo corre en la única cancha de cemento del Club Liceo Naval. Según los tiempos que acostumbran la mayoría de los recién casados, esta pareja española debería estar disfrutando de su luna de miel. Sin embargo, Nico Almagro, ganador de 12 títulos ATP, estuvo en Buenos Aires realizando la pretemporada junto a su flamante coach argentino, Mariano Monachesi.

Rafi y Nico son de la misma ciudad, de Murcia. Rafi y Nico practicaban tenis en el mismo club, el Club de Tenis de Murcia. Y también, Rafi y Nico vivían a tan solo cinco minutos de distancia. A pesar de los numerosos puntos en común, jamás habían entablado una relación, nunca habían cruzado miradas, ni saludos de compromiso. Nada había ocurrido hasta el ATP de Barcelona del año 2013.

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“Muy loco. Mira, lo conocí en el Godó, a través de unas amigas de mi madre que jugaban en el Club de Tenis de Murcia donde él practicaba. Ellas me insistieron mucho para que fuera a ver el torneo. Esa misma tarde nos conocimos porque me lo presentaron. Y de broma, hablando, me quito un anillo que tenía en el dedo, se puso de rodillas y me dijo: ‘¿Te querés casar conmigo?’. Ese mismo día dije ‘este chico está loco’. Yo no paraba de reirme y él también. Fue en broma, pero dos años y medio más tarde acá estamos”, le dice Rafi Lardín a EfectoTenis.

“Camino al matadero”, me decía en chiste Almagro, unos meses antes de su casamiento, en una entrevista concedida a la página oficial del Argentina Open. Nueve meses después, también en una nota con el ATP porteño dice: “Probablemente, haberme casado con mi mujer, haya sido la mejor decisión de mi vida. “Es una persona totalmente diferente a lo que me he podido cruzar, me ha hecho ver la vida de una manera completamente distinta a lo que estaba acostumbrado. Una persona que siempre me ha sacado una sonrisa. Una persona que en ningún momento difícil me ha dejado solo. Una persona con la cual voy a recorrer un camino increíble, precioso, y de la cual no me quiero separar nunca”.

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En 2014, luego de haber compartido ocho duros meses juntos, donde Almagro se recuperaba de una fascitis plantar que lo obligó a pasar por el quirófano, llegaría la legítima propuesta de casamiento. No sería una más. La anécdota es digna de una película romántica dominguera que nos mantiene, como si fuese una fuerza magnética, pegados al sillón. A puro bombos y platillos, con lujo, mucha preparación y, sobre todo, con un desmedido amor, Nicolás Almagro desarrolló su mejor táctica para ganar el título que más deseaba.

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“Ésta es una locura. No he visto una cosa igual y mis amigas tampoco. Me llevó a Granada, a una montañita preciosa, toda nevada, con cabañitas de madera y un restaurante de gastronomía de alta gama. Fuimos a cenar y en cada plato había mandado a escribir una frase nuestra”, relata con una amplia sonrisa la señora Almagro.

Entrada: ‘Quiero estar contigo cada día de mi vida’

Plato principal: ‘Contigo hasta el fin del mundo’

Y así sucesivamente…

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Almagro y el coach argentino Mariano Monachesi.

EfectoTenis: – ¿Tenías tanta hambre como para comerte todo?

Rafi Lardín: – Como las frases eran largas le ponían poquita comida. -se ríe y continúa- Por lo detallista que siempre fue, no olía nada extraño. Pensé que era una más de las que me hace Nico. Terminamos de cenar y caminamos hasta nuestra cabaña,  que era la última. Veía que él iba muy rápido, muy acelerado y pensaba ‘qué raro, me está dejando atrás y escalando la montaña’. Entonces se adelantó y sobre la nieve había puesto un corazón enorme de velas que relucía una barbaridad. Nico estaba dentro del corazón de velas, arrodillado y con un cofre. Detrás había un corazón gigante, de tres metros, hecho de flores rojas hermosas”.

EfectoTenis: – ¿Dudaste un poco?

Rafi Lardín: – No, imagínate… Me quedé un poco porque no sabía qué decir.

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James Ward maduró a las piñas con un argentino

20 Nov

Al ver caminar a James Ward por los pasillos de El Clú, sede del Challenger de Buenos Aires, lo único que nos llama la atención es su vestimenta. Medias con lunares celestes, chomba floreadas o con extravagantes estampados son algunos de los diseños que la marca británica Ted Baker (conocida por su ropa informal) le prepara a su embajador deportivo. Sin embargo, en poco menos de dos semanas, este fashion (?) inglés de 28 años será el quinto jugador de su nación en la final de la Copa Davis. Del 27 al 29 de noviembre, Gran Bretaña y Bélgica se enfrentarán para decidir quién será el nuevo campeón de la denominada Copa Mundial de tenis. Por ese motivo, Ward estuvo en Argentina. El lungo tenista buscaba aclimatarse al polvo de ladrillo. La serie definitoria será en Ghent y los belgas, comandados por David Goffin, eligieron utilizar como superficie la arcilla, el suelo que Andy Murray -actual 2° del mundo y máxima figura británica- menos disfruta. A pesar de esta relación esporádica con nuestro país, Jamie tiene un pasado celeste y blanco. Algunos años atrás, Diego Visotzky, luchador de MMA (Artes Marciales Múltiples), fue su preparador físico en Londres. El cordobés lo moldeó a los golpes.

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“Por eso estoy en Argentina. De otra forma no estaría aquí”, le dice con una sonrisa Ward a EfectoTenis. “Está bueno porque uno necesita practicar sobre polvo de ladrillo, tienes que acostumbrarte a esta superficie, aunque las condiciones en Sudamérica son muy diferentes a las que habrá en Bélgica. Es cuestión de moverte de nuevo sobre el polvo de ladrillo, para tener las mejores chances si es que llego a jugar la final”, aclara el 155° del mundo, que durante la última semana perdió terreno con el joven Kyle Edmund, flamante campeón de la Copa Fila y segundo singlista británico.

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Colección completa de James Ward aquí. Quiero todo.

Según la biografía que entrega la página de la ATP, la superficie predilecta de Ward es el polvo de ladrillo. “Tal vez no es mi superficie preferida en este momento porque  actualmente no estoy jugando demasiado sobre arcilla, pero estuve cuatro años y medio en Valencia”, comenta en referencia a su estadía en la Academia de Juan Carlos Ferrero, ex número uno del mundo, donde aprendió a hablar español tan bien que en Buenos Aires, a veces, creen que es un digno habitante de la península ibérica.

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Ph: Sergio Llamera.

La decisión de irse a entrenar a España fue condicionada por la situación económica familiar. Su padre, Jim, desde hace muchísimos años es taxista. Ward, originario de Euston, zona céntrica de Londres ubicada a 12 millas de Wimbledon, no proviene de una familia acomodada. “En Inglaterra es igual que en Argentina. Es un deporte elitista y todas las cosas son muy caras, especialmente porque Londres es un lugar muy caro para vivir y para jugar al tenis. Por eso me fui a España, donde estuve durante algunos años. Después volví y estoy viviendo nuevamente en Londres. Es duro, pero creo que muchos jugadores del tour provienen de entornos muy normales. No siempre son chicos que tienen mucho dinero, así que estoy en la misma situación que otros tenistas”, aclara Ward, que tuvo su mejor posición en el ranking en julio de este año cuando fue 89° del mundo, luego de alcanzar la tercera ronda en el césped del  All England.

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James y el taxi cab de su padre Jim.

Como el mundo es un pañuelo (?) y siempre hay un argentino metiendo la cola, en aquella experiencia en España, Ward entrenaba con Javier Capitaine, un reconocido preparador físico cordobés. Capitaine, quien trabajó con Sharapova, Coria, Nalbandian, Dimitrov, entre otras figuras, también entrenó a su coterráneo Diego Visotzky. Este luchador que fue campeón mundial de la World Boxing Union, bronce en el Mundial de Jiu-Jitsu de 2001 y múltiple campeón argentino en esta misma disciplina, también es preparador físico.

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El Toro Diego Visotzky.

Ward necesitaba un especialista que mejore su espigada figura y que, sobre todo, fortalezca su inestabilidad mental. Capitaine le recomendó a Visotsky. Ambos empezaron a chatear por el ahora obsoleto Messenger y allí definieron un primer encuentro en Londres. “Más allá de haber charlado por MSN, cuando llegué a Londres me senté con él y estuvimos un rato largo hablando. Conversé mucho con Capitaine y con el papá de James, que fueron los que más o menos me fueron dando las consignas sobre lo que debíamos trabajar. Fueron tres meses donde progresó muchísimo y cambio varias cosas, sobre todo en su actitud hacia al entrenamiento que era lo que más le hacía falta”, le explica a EfectoTenis el Toro Visotsky, que preparó atletas del área de combate, pero también trabajo en otros deportes, eso sí, nunca antes en el tenis.

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Visotsky siguiendo atentamente a Ward durante su participación en el Challenger porteño.

“Además de nunca haber entrenado un tenista, jamás me gustó el tenis ni me llamó la atención. Como coach uno tiene que entender ciertos aspectos metodológicos del deporte y a partir de allí podés empezar a entrenar a una persona”, señala el argentino que trabajó con Ward durante tan solo tres meses. Ese trimestre, que se vio interrumpido por un asunto personal que implicaba la tenencia de su único hijo, realmente marcó la personalidad del inglés. “Cuando llegué, él no era de entrenar mucho. En el juego, apenas se le complicaba o le daban vuelta el partido, se venía abajo mentalmente y terminaba perdiendo por ese motivo. Entonces empecé a hacer un estilo de trabajo que los luchadores estamos muy acostumbrados, y por lo que vi en el ambiente del tenis, la preparación física es bastante light. Empecé a exigirlo. Que el cuerpo no dé más y que siga adelante más por la cabeza que por el cuerpo. Combiné muchos ejercicios propios de los luchadores, pero que eran beneficiosos para el tenis. Le gustó mucho ese tipo de laburo”.

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Ph: Sergio Llamera.

Inclusive, la dupla britiargentina (?) realizó numerosos entrenamientos bajo la lluvia, donde se enchastraban y embarraban. “Él, que es el típico tenista inglés todo punta en blanco, lo embarré y revolqué por todos los parques de Londres. Al principio le chocaba, pero después le encantó. Cada vez que llovía me decía de ir a entrenar al parque”, cuenta con humor este luchador que compitió en Estados Unidos, Japón, Rusia, Costa Rica, entre otros países.

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Sin embargo, el Toro no se detuvo ahí. Su metodología desacartonada e innovadora para el ambiente empezó a surtir efecto en Ward. Sacarlo de la rígida estructura que lo había acompañado toda la vida fue beneficioso. De hecho, en varias oportunidades el  europeo se comió un par de piñas. “Muchas veces le puse los guantes y lo subí a la jaula, al ring, y guanteábamos. Por un lado para que saque la cabeza del entrenamiento típico. Obviamente que no le pegaba fuerte, pero lo exigía. Lo sacaba de su zona de confort y lo ponía en situaciones que no le gustaban nada y que se la banque”, explica el cordobé, que veía en estos ejercicios una faceta recreativa y didáctica. “No era una lucha real. Te podés imaginar que si peleamos en serio lo mato. Es como si jugáramos al tenis… yo no tengo ni idea. Un par de veces, boludeando, le metí palancas o lo estrangulaba”.

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Ph: Sergio Llamera.

Durante esos tres intensos meses, Visotzky lo acompañó por el tour donde no pasaba desapercibido. Imaginen un mastodonte vestido de luchador, lleno de cicatrices, con las orejas deformadas por las peleas dando vueltas por los “paquetes” clubes europeos. No era normal. “La verdad que era como un sapo de otro pozo. La gente me miraba como si fuera otra cosa. Muchos le preguntaban a James sobre mí. En el entorno se hablaba del tema. Un día, James cayó con un montón de ropa y me dijo ‘Tomá, tenés que empezar a vestirte como tenista para no llamar tanto la atención’”.

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En plena lucha. De verlo ya me duele (?).

Lejos de sentirse intimidado por el qué diran tenístico, Visotzky  estaba convencido de su método de trabajo. “A mí no me importó demasiado cómo era el ambiente y cuán diferente era al estilo mío. Me contrataron para hacer un trabajo que consistía en hacer un cambio de actitud y de cabeza, sumado a que mejore a nivel físico. Obviamente que sobre lo técnico no tenía ningún tipo de influencia, pero asimismo en sus entrenamientos de tenis le modifiqué un montón de aspectos metodológicos que lo beneficiaron muchísimo”, comenta el Toro.

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A pesar de la insistencia de James y Jim Ward, que le prometían el oro y el moro para que se establezca en tierras inglesas, Visotzky  volvió a las sierras de su provincia para hacerse cargo de su hijo. Tres años después, el contacto es cada vez más esporádico, pero Ward le sigue pidiendo ayuda. Algunos meses atrás, el tenista le encomendó la preparación de un régimen alimenticio. “No solamente progresó durante esos meses. Por ejemplo, este último fin de semana (en referencia al Challenger de Buenos Aires) estuve con James, y  Leon (Smith, capitán del equipo de Copa Davis de Gran Bretaña) me decía que realmente le quedaron secuelas muy importantes de ese cambio de actitud y cabeza que le di en aquel momento”. Mientras que con orgullo remata: “Fue una educación más que un entrenamiento de tres meses. Fue un cambio que lo ayudó para mejorar en su carrera”. Juzgando por sus resultados podemos aseverar que definitivamente Ward aprendió. A las piñas y a los golpes, pero aprendió.

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El capitán Leon Smith, Visotzky  y Ward en El Clú.

WARD Y SU “FANATISMO” POR TAYLOR SWIFT

“No, son estupideces. Fue una broma”, explica Ward en referencia a su supuesto fanatismo por la música de la cantante estadounidense Taylor Swift. Pero, ¿cómo creció este rumor?  Andy Murray fue el culpable. “A fin del año pasado, cuando estábamos entrenando juntos en Miami, todos los días su canción sonaba en la radio una y otra vez. Al final de la semana nos aprendimos la letra y la cantábamos. Después, cuando Andy fue a Wimbledon, le dijo a todos los periodistas que mi cantante preferida era Taylor Swift. Él lo dijo y todos le creyeron. Es una cagada (shit) para mí”, aclara Ward, que quiere distanciarse de los gustos clásicos de un teenager.

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Andy Murray (left) and James Ward during practice on day Five of the Wimbledon Championships at the All England Lawn Tennis and Croquet Club, Wimbledon. PRESS ASSOCIATION Photo. Picture date: Friday July 3, 2015. See PA Story TENNIS Wimbledon. Photo credit should read Mike Egerton/PA Wire. RESTRICTIONS: Editorial use only. No commercial use without prior written consent of the AELTC. Still image use only - no moving images to emulate broadcast. No superimposing or removal of sponsor/ad logos. Call +44 (0)1158 447447 for further information.

Ph: Mike Egerton/PA Wire.

 

El regreso fue arriba de un camión

16 Nov

La espera en la ostentosa (?) terminal de ómnibus de la ciudad de Azul no es habitual. El micro de la empresa Plusmar  (obviamente no es PNT) debería haber llegado hace diez minutos. La impuntualidad, una recurrente cualidad en los argentinos, llamativamente no es un hábito en los micros de larga distancia. Impaciente, me dirijo a la oficina de la compañía que tenía que recorrer 300 kilómetros para llevarme de vuelta a la Ciudad de Buenos Aires, luego de cubrir la 19° etapa del Tour Profesional de la Asociación Argentina de Tenis celebrado en el Club de Remo de Azul.

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– Disculpame, ¿sabés qué pasó con el Plusmar de las 15:20 que va a Retiro?
– Hoy no sale ningún Plusmar – responde el cincuentón hombre desde atrás de la ventanilla.
– Mirá, te muestro el ticket.
– Ah, sí, te lo imprimieron mal. El tuyo se fue hace diez minutos. Era el violeta, el Jet Mar. Se equivocó la empresa de interné, pibe.
– ¿Y cómo lo podemos solucionar?
– No es nuestra responsabilidad.

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La Catedral de Azul.

Haciendo malabares al cargar una mochila, un bolso donde está mi ropa, un diario La Nación que lucía la trágica tapa de los atentados en Francia y una botella de agua recalentada, me acerco a otra ventanilla. Allí me explican que, en estos casos, la única forma de alcanzar al bendito micro violeta es tomarse un remis hasta el peaje de Parish, pueblito ubicado a 40 kilómetros de Azul. Ellos, haciéndome una gauchada y nunca asumiendo el error, llamarían a la oficina del peaje para que le comuniquen al chofer del ómnibus que un pasajero estaba en camino y que lo esperaran diez minutos.

“Dale, pibe, metele que no llegás”, fue el amistoso y motivador consejo del azuleño. A metros de distancia, un destartalado y abollado Renault 12 plateado me esperaba. Ofuscado por el pensamiento lateral de por qué La Nación hace su periódico tan grande, le explico la situación al remisero. Sentado en una silla que dejaba ver los pedazos de goma espuma amarilla, el canoso hombre argumentaba que a más de 90 kilómetros por hora no podía ir.  Puteo, pero vislumbro la llegada de un modernoso Volkswagen y no dudo un segundo en romper el acuerdo con el dueño del obsoleto auto.

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A 130 kilómetros por hora, la denominada Ruta Nacional (de la muerte) N°3 es el lugar propicio para entablar una amistad con Pucho. El intrépido remisero tiene 73 años. Durante 36 trabajó como camionero. A los 55, cuando se jubiló, decidió comprarse un remo, como él llama a su herramienta de trabajo, para acompañar el ingreso de su jubilación. La ruta es su terreno y lo conoce a la perfección. Escondiendo su mirada detrás de unos oscuros anteojos de sol, Pucho escucha con atención mi historia y también cuenta la suya. Pasaron veinte minutos y después de una curva cerrada veremos el peaje y al bendito micro violeta. Yo no lo encuentro. Pucho tampoco. El ómnibus no está. Jamás esperó.

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Con el auto aún en movimiento apoyo mi pie derecho en el caluroso asfalto. La rueda trasera derecha del remo de Pucho sigue girando e impacta en mi tobillo. Por suerte se detiene y no lo aplasta. Algo preocupado, pero con la aspiración de alcanzar el micro, cruzo la ruta y camino al trotecito hasta la oficina. Explico la situación. Un empleado que lucía un chaleco amarillo me comunica que ellos le avisaron, pero el chofer no esperó. “Capaz nos dijeron mal el número de coche”, explica. Decidido a aclarar los tantos, Pucho baja de su Volkwagen. El empleado, fluorescente por su vestimenta, lo reconoce y ambos se abrazan. Son vecinos. Viven a la vuelta.

– Pucho, ¿sabés qué podemos hacer? Llamo a la policía caminera de Cacharí y le digo que frenen a este micro violeta y que te esperen – explica el del peaje señalándome, mientras llama al puesto de control montado a 18 kilómetros de distancia.
– Gracias, querido. Vamos, pibe. Subí adelante – me dice con tono de abuelo que le da una nueva libertad al nieto.

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A toda máquina seguimos abriendo camino. Sobrepasamos varios camiones y autos hasta que llegamos a otra curva que decidirá mi suerte, si es que, a esa altura, podemos aseverar la existencia de la misma. Un frondoso bosque impide ver al puesto de control de la pequeña localidad bonaerense. Al pasar el conjunto de árboles no evidenciamos ningún rastro de un ómnibus violeta. El micro no está y, a esa altura de la tarde, ya no sé qué hacer.

Pucho toma el mando de la situación. Me indica que espere en el auto. Él baja a charlar con los uniformados (?). Unos pocos minutos después vuelve y me explica mis dos posibilidades. Una es volver a Azul y tomarme el próximo micro que pasa a las ocho de la noche y es el denominado “lechero”, es decir, aquel que se detiene en todos los pueblos a subir y bajar pasajeros. La otra opción es que los policías me consigan un alma caritativa que me acerque a destino. Mientras evalúo la alternativa de subir al auto o camión de un desconocido, por el rabillo del ojo observo que los policías ya estaban deteniendo el tránsito.

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En el puesto de control de Cacharí.

“Vos ya sabés donde encontrarme. Estoy todos los días en la terminal. Cuando vuelvas a cubrir un torneo de tenis nos comemos un asado”, me dice Pucho y nos abrazamos brevemente. Con el bolso, la mochila, el diario La Nación y el agüita en mano espero al costado de la ruta. Después de tres negativas, el cuarto camión frena en la banquina. Al trotecito me pongo a la par, saludo desde lejos a los caritativos “canas” y abro la puerta del enorme Ford Cargo blanco. A Capital Federal volveremos a dedo.

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La espera en el remis.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………- Soy Hernán y ¿vos?
– Julián, ¿cómo va? Gracias por llevarme, viejo.

Hernán tiene 30 años y es de Moreno, localidad del oeste bonaerense. Después de unos minutos de charla, me doy cuenta lo prejuicioso que he sido con el rubro de los camioneros a los que erróneamente había imaginado y catalogado. Hernán, que mensualmente hace 17.000 kilómetros y trabaja dieciséis horas por día, no se come las eses, no putea, su vocabulario es amplio y, por lo que enamoradamente cuenta, no engaña a su mujer. La conversación fluye. Durante las tres horas de viaje recorreremos los detalles de su mundo: desconocido e impensado para mí.

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Hernán y una tarde soleada.

El modernoso camión que en once meses de vida caminó 164.000 kilómetros, todos los días realiza el mismo recorrido en el cual lleva 30.0000 kilos de piedra.  De Moreno a Olavarría. 700 kilómetros diarios para ir a buscar piedra a la principal cantera de la ciudad situada en el centro de la Provincia de Buenos Aires. La rutina podría volver loco a cualquiera, pero a él, su trabajo le encanta. “Te tiene que gustar, sino fuiste. Son dieciséis horas viajando por día. Arriba del camión no tenés vida, pero para mí, la vida es esto”, me cuenta mientras maneja y ceba unos mates dulces. “Me gustan los fierros, la calle y ésto es la calle… Ni en pedo podría estar en una oficina. De hecho, muchas veces no vuelvo a casa por tres días”, explica Hernán.

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Desde los quince años que está arriba de un camión. Primero fue ayudante de su primo, después empezó a hacer algunos viajes como chofer. En el 2003 se compró su primer truck, un rastrojero que no tenía ni motor, pero que, dándose un poco de maña, lo pudo arreglar. A partir de ahí siempre fue progresando e invirtiendo en un mejor vehículo. Desde enero, cuando financió el Ford Cargo, él  es su propio jefe. Eso lo hace feliz.

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En nuestro trayecto, Hernán analiza su vida conmigo, como si fuese su psicólogo. Por mi parte aprovecho a hacer lo mismo. Ambos sacamos conclusiones, hasta que un camión nos pasa a toda velocidad por el carril contrario y por poco no choca con otro que venía de frente (está filmado en el video). “Esto pasa tres veces por día”, dice y me explica por qué la Ruta Nacional N°3 es denominada la “ruta de la muerte”.

La mayoría de los pesados vehículos que transitan la autovía cargan miles de kilos de piedra o cemento. Muchos de los choferes, por hacer unos “mangos” más, se exceden de los 45.000 kilos que cada camión tiene permitido. El sobrepeso erosiona la uniformidad del asfalto, lo que genera desniveles, un potencial causante de accidentes. Además, para no dañar “la máquina”, los choferes van más despacio  y, de esa forma, es imposible para los autos pasar los incontables camiones que se acumulan. En el afán por conseguirlo, los cálculos en las distancias fallan.

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Dejando atrás todas las (muchas irreproducibles) anécdotas, el atardecer sirve de despedida. Llegamos a la rotonda de Cañuelas, donde mi hermano me pasará a buscar por una estación de servicio. El saludo promete un nuevo encuentro. Sin embargo, a la historia le queda un breve capítulo más.

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Al bajar del altísimo camión que reemplazó al micro violeta, a unos metros de distancia las luces y la música dominan la escena. “¿Qué pasa acá?”, le pregunto al playero, que me explica que hoy es la “Fiesta del Dulce de Leche”. Sin lugar para la sorpresa espero al costado de la puerta del bar. Aún con el diario en mano, un fornido hombre entra y se sienta a tomar un café. Su cara me es conocida. Me acerco, lo miro con detenimiento y confirmo las sospechas. Estoy frente al “Rey de la Carne”. El mediático Alberto Samid, reconocido empresario frigorífico, quiere cerrar el diario de viaje. A esta altura de la tarde, lo único que pido es que llegue mi hermano y, sobre todo, que no aparezca Mauro Viale (?).

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Samid y una toma digna de un paparazzi.

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La selfie de despedida.

Pedaleando hasta el Challenger de Buenos Aires

9 Nov

Beneficiados por ser vecinos de El Clú (Triunvirato 6385), sede del Challenger de Buenos Aires, nos subimos a la bicicleta y pedaleamos hasta llegar al predio del barrio de Saavedra.  El torneo que integra la segunda categoría del profesionalismo se disputa del 7 al 15 de noviembre y reparte 50.000 dólares en premios más hospitalidad para los jugadores. Como suelen enfatizar los conductores de los programas de “alto riesgo”, donde suelen hacer huevadas (?) y salir lastimados, desde EfectoTenis también recomendamos no realizar algunas de las (ilegales) maniobras que podrán ver en el veloz recorrido. No estamos orgullosos de corromper las leyes de tránsito, pero el poco sentido de la ubicación reclamaba tomar algunos atajos.

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Además del viajecito en bicicleta y la recorrida por adentro del club, el uruguayo Martín “Bebu” Cuevas, hermano de Pablo y participante de la clasificación, prueba jugar al tenis con la aventurera GoPro en su frente. Como para aseverar que estamos ante una superproducción (?), el santiagueño Marco Trungelliti se anima a demostrar que en vez de dormir la siesta en su ciudad, él hacía magia con su raqueta. Vení, subite al caño, al volante o a los pedalines que te llevamos a disfrutar del mejor tenis.

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Volver al futuro del tenis

22 Oct

Subiendo a la ola retro de la afamada trilogía cinematográfica de “Volver al Futuro”, aprovechamos la conmemorativa fecha en la cual el profesor Emmett Brown (Christopher Lloyd) y Marty McFly (Michael J. Fox) viajaban 30 años al futuro. A bordo del mítico auto DeLorean, que funcionaba como máquina de tiempo, el excéntrico “Doc” y el multifacético McFly arribaban al 21 de octubre de 2015 con el objetivo de cambiar algunos hechos determinantes en la “futura” vida de los hijos de Marty. En cuanto al tenis, en 1985, año en el cual se encontraban los protagonistas de este film, Ivan Lendl lideraba el ranking; mientras que a nivel local, Martín Jaite era la raqueta número uno de Argentina y Gabriela Sabatini ganaba su primer título WTA. Con aires de nerds oportunistas (?), en EfectoTenis proponemos hacer un viaje en el tiempo. Algunos jugadores de esa época retroceden en el calendario para imaginar el presente. Vamos, Doc, arranque el DeLorean que hoy peloteamos con el pasado.

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Autos y skates voladores, zapatillas que ajustan sus cordones automáticamente, mini pizzas que se convierten en grandes de muzzarella fueron algunos de los presagios que finalmente no se cumplieron en la segunda película de “Back to the Future”. Robert Zemeckis, director del largometraje estrenado en 1989, acertó en muchos de los adelantos, pero en otros su imaginación voló más alto que la tecnología. Si el creativo Zemeckis hubiera elegido como parámetro al tenis, ¿habría vaticinado este presente? No lo sabremos.

El uso de la tecnología para verificar los piques a través del ojo de halcón, las avanzadas raquetas que recogen las estadísticas de los golpes, el techo retráctil y la luz artificial en el Court Central de Wimbledon, un Top-Five japonés como Kei Nishikori, los pantalones capri de Rafael Nadal (?) (ahora antiguos) o la rapidez con la cual se juega parece algo normal, pero treinta años atrás quién lo hubiese pensado. Marty McFly y el “Doc” Brown estuvieron ahí, o mejor dicho aquí, ahora, pero evidentemente tenían cosas más importantes que ponerse a ver cómo la pequeña pelota amarilla pasaba la red.

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Federer y el ojo de halcón.

Por aquel entonces, a nivel mundial, el tenis era liderado por el checo nacionalizado estadounidense, Ivan Lendl, que durante 1985 ganaría 11 títulos ATP, incluído el Abierto de los Estados Unidos y el Masters de fin de año. A nivel nacional, Guillermo Vilas y José Luis Clerc habían transitado sus grandes momentos de gloria y el recambio generacional abría una nueva era: la “post- Vilas”. El líder de esta camada fue Martín Jaite, actual director del Argentina Open, que llegó a ser 10° del mundo en 1990. Por 1985, aquel ruliento Jaite terminaría la temporada como número uno de Argentina y 20° del ranking ATP.

En la rama femenina, Martina Navratilova y Chris Evert dominaban el circuito. También en 1985, Gabriela Sabatini, con tan solo 15 años, conseguiría su primer título WTA, el 18 de octubre, en Tokio, Japón. Además finalizaría la temporada como 12° del mundo, todavía siendo una adolescente.

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Otro de los argentinos que despuntaba en aquella década, era Javier Frana, quien terminaría 30° del ranking ATP en 1995. Según el medallista olímpico en Barcelona 1992, durante aquellos años existían notables diferencias entre los jugadores de cancha rápida y los de lentas. El tour daba lugar a la aparición de especialistas en una superficie. En el presente, la mayoría de los Top 100 son tenistas versátiles, que se adaptan al suelo donde les toca apoyar sus zapatillas. “Por 1985, aquellos que tenían mucha visión empezaban a descubrir que con un solo golpe no iba a ser suficiente. En aquella época, tal vez los jugadores se caracterizaban por tener un golpe determinante, ya sea el saque o el drive. Coincidía con una etapa donde las superficies y la forma de jugar estaban muy marcadas. Eran extremadamente rápidas o más lentas sobre polvo de ladrillo. La poca tecnología de aquel momento hacía que las pelotas sean más pesadas y no podían neutralizar la humedad del ambiente o del ladrillo. Todo se hacía más lento. Era un circuito mucho más marcado, estaba el de cancha lenta y el de cancha rápida. Era muy distinto. En un cuadro sabías que tenías jugadores que en polvo de ladrillo no podían ni caminar porque se tropezaban; en cancha rápida había tenistas que la tenían que parar con la mano porque no podían jugar en superficies tan veloces. Eso se fue achicando”, le dice Frana a EfectoTenis.

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El encargado de avispar al actual comentarista de la cadena televisiva ESPN fue su entrenador de aquel entonces, Jorge “Chino” Gerosi, quien percibió un futuro más veloz y físico. “Él veía que la clave pasaba por manejar las superficies más rápidas, y que la parte física también iba a ser un factor determinante. Creo que no se disparó tanto como se podía llegar a pensar, se creía que la potencia iba a ser excluyente y aquellos que pegasen más fuerte iban a tener una ventaja insalvable con el resto, algo que después, afortunadamente, no terminó pasando de una manera tan marcada”, manifiesta el analítico y siempre didáctico Frana.

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Mano a mano con “Su Majestad”. ¿Hubiese imaginado entrevistar al mayor ganador de Grand Slam de la historia?

Como mencionamos anteriormente, el gran hito de su carrera ocurrió en los Juegos Olímpicos de Barcelona, celebrados en 1992. En la multicultural ciudad española conseguiría la medalla de bronce en dobles, junto a Christian Miniussi. Justamente Minu, mano derecha de Jaite en  la organización del ATP de Buenos Aires, opinó sobre estas modificaciones: “Se ha hablado mucho de cuánto cambió la velocidad del juego, que el tenis es mucho más físico que táctico, que se juega mucho más rápido y es difícil ir a volear por la velocidad que te impide definir el punto en la red. Otro de los aspectos que ha cambiado considerablemente es la devolución del saque”.

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Frana y Miniussi de bronce.

Emulando a Michael J. Fox, Frana no se achica y también decide tomarse la licencia de viajar en el tiempo. Si hubiera estado a bordo del DeLorean en aquel 1985, el santafesino de 48 años no habría tomado nada material, pero sí la sabiduría construida en este período: “Por sobre todas las cosas, lo único que podría llegar a traer, tenísticamente hablando, es la sabiduría que se va ganando con los años, el entendimiento del juego, que después te hace madurar y crecer. Básicamente hubiese agarrado eso y no tanto las cuestiones técnicas. La sabiduría que vas logrando con los años y con los errores que te van permitiendo la evolución. En este caso, el que se equivoca menos y quien se adelanta más a los problemas o a la búsqueda de las soluciones saca una ventaja”. Mientras que en relación a la vida cotidiana agrega: “En el día a día, todo tiene más que ver con la sabiduría que con otras cuestiones. Afortunadamente, uno ha tenido una vida muy buena, pero a la vez muy terrenal, fácil, tangible y alejada de excentricidades y con cosas que poco tienen que ver con las raíces de uno”.

El famoso 21 de octubre de 2015 finalmente llegó. El pasaje que nos vendieron en “Volver al futuro” ya caducó. El tren ya pasó y el futuro se convirtió en pasado. El presente es todavía más sorprendente que el exhibido en Hill Valley. La realidad supera a la ficción, así dicen.

EL MOTIVADOR MENSAJE DEL DOC

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Amanecer diez años atrás

13 Oct

Amanecer con la pulsión de escribir es algo que hay aprovechar. Aún con los ojos hinchados y lagañosos, llamativamente la mente está llena de creatividad. Las ideas están acomodadas: párrafo por párrafo, oración por oración. Desenredarse de las todavía tibias sabanas que me arroparon durante cinco horas de profundo sueño es el desafío para alcanzar la computadora. Por suerte está cargada. Son las primeras horas de un feriado -día hecho para darle forma al colchón y a la almohada- y todo ocurrirá desde la cama, que mantiene la temperatura perfecta.

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Escribo y la mañana se asemeja muchísimo a las que experimentaba diez años atrás. La memoria emotiva está a flor de piel. Hoy, mi mente es un cajón de recuerdos que encontró la llave para dar rienda suelta a los ahora popularmente conocidos throwbacks.

Como decía, este vespertino momento es un calco de cuando, a los 11 años, me levantaba a ver la televisación satelital de un torneo de tenis que a muy pocos le interesaba. Desde latitudes completamente diferentes, jugadores poco conocidos eran mis compañeros de sillón. La voz y los conceptos del periodista Guillermo Salatino me mantenían alerta, mientras una lágrima hecha con Maltifé (nunca más suave e inocuo) inundaba mi infantil e inexpirementado paladar.

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Dejando en un segundo plano el análisis de la extraña situación que recordaba, la intuición me movilizó. Bajé a la cocina e intenté recrear esa rutina del pasado que tanto había disfrutado en la pubertad. Pero, rápidamente, la tecnología me cacheteó un par de oportunidades y me trajo otra vez al presente.

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El 29 pulgadas, ahora disponible en Mercado Libre.

El agua para mi Maltifé (ahora un masculino cortado y con verdadera cafeína) es hervida por una pava eléctrica que no chifla, no necesita gas, ni tampoco un fósforo. El ancho televisor 29 pulgadas que pesaba una tonelada no está. Fue sustituido por un delgadísimo LCD de ¡42! pulgadas que reproduce imágenes en alta definición. El diario todavía está, pero ahora mi infaltable compañero es el smartphone que no deja de vibrar para notificarme todo lo que ocurre en la esfera virtual que me rodea. Salatino, ajeno al paso del tiempo, sigue del otro lado, pero sus conceptos ya no me sorprenden demasiado. Las cosas han cambiado o no tanto. Sigo siendo un fanático del tenis, pero ahora menos pasional y más analítico. A pesar de todos los anclajes con esta nueva era, el dejavú lucha y continúa unos minutos más. Dejalo un rato, total nadie se dió cuenta.

NUEVA SECCIÓN

Sin otra razón que la satisfacción personal emprendemos esta nueva sección en EfectoTenis que traerá al presente momentos del pasado. A partir de disparadores gratamente impredecibles abriremos el raquetero de los recuerdos, donde las memorias del tenis están en movimiento.

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