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Gail Falkenberg: una intrépida abuelita

16 Abr

Tejer un pulóver al crochet, jugar a la canasta mientras disfruta de una empalagosa torta y hacer aqua gym con un grupo de jubilados, no son las actividades corrientes de Gail Falkenberg. Esta “abuelita” estadounidense de 69 años decide ocupar la mayor parte de su tiempo jugando al tenis, deporte en el cual compite profesionalmente, y donde hace unos días venció a una chica de 22 años y enfrentó a una ex número uno del mundo Junior medio siglo más joven que ella.

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Falkenberg preparando su servicio.

Hasta los treinta y tantos años, Gail Falkenberg jamás había tomado una clase de tenis. Es decir que la vecina de Ocala, una pequeña ciudad de la Florida, reconocida en todo el globo (¿) como la capital mundial del caballo, nunca tuvo que sufrir el interminable canasto de pelotas para perfeccionar un golpe. Tampoco tuvo que practicar los diferentes efectos del servicio ante la penetrante mirada de un entrenador que reclama mayor flexión de las rodillas. El camino de la señora Falkenberg no fue el convencional. Recién en 1985, cuando tenía apenas 38 años, disputaría su primer torneo profesional. A los 43 se retiraría, pero antes habiendo alcanzado el puesto 360° del ranking WTA.

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“El Australian Open de 1988 probablemente haya sido el highlight de mi carrera tenística. Aquel año compartí el vestuario con Chris Evert, Martina Navratilova y Steffi Graff. Haber ganado una ronda fue tremendo”, le cuenta a EfectoTenis sobre el único Grand Slam que disputó, donde logró avanzar una rueda de la clasificación.

Previo a su incursión en el tenis de alto nivel, en los sesenta, en la Universidad de California de Los Ángeles, Falkenberg conformó el equipo de tenis y se graduó de Licenciada en Arte y también realizó una Maestría en Bellas Artes. Luego, durante quince años, desarrollaría su carrera laboral dentro de la producción audiovisual. “Después de todo eso, nada más que tenis. Es por ello que tener éxito a tan alto nivel significa muchísimo para mí”, relata Falkenberg, quien de 1991 a 1999, entrenó a hombres y mujeres de la Universidad Central de Florida, en Orlando.

Pero la historia recién está tomando temperatura, cuatro veranos atrás decidió que el mote de tenista retirada no era el indicado para una señorita de su edad y volvió a la actividad profesional disputando Women’s Circuits –el equivalente a los Futures de los hombres-, a través del ingreso que le otorgaba su ranking nacional de la USTA.

“Me sigue gustando. El tenis me mantiene joven”, comenta unos días después de haber terminado una racha de 35 derrotas consecutivas, su última victoria había sido en 1998. El domingo pasado en el Women’s Circuit de Pelham, en Alabama, superó contundentemente a su compatriota Rosalyn Small, de 22 años, por 6-0 y 6-1. “Pensé que ella podía llegar a tener problemas con mi juego de efectos y finalmente los tuvo. Estoy muy satisfecha de haber ganado de esa manera”, aclaró Falkenberg sobre aquel match.

Cuando habla sobre su juego de efectos se refiere a los estilos de saque que ejecuta: de arriba (a lo socia dominguera de un club palermitano) o de abajo, parecido a uno de ping pong. También, todos sus golpes son con mucho slice, efecto que hace que la pelota se deslice sobre la superficie y el pique sea bajo. Además, su vestimenta, al igual que su estilo de juego, ejerce un anclaje con el pasado. Falkenberg juega toda vestida de blanco, de los pies hasta la cabeza. Zapatillas, medias tubo que apenas dejan ver sus rodillas, un pantalón corto amplio, chomba y gorra. Todo inmaculado y al mismo tono.

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La alegría de volver a sentir la satisfacción del triunfo después de dieciocho años hizo valer todos aquellos entrenamientos sobre arcilla y cemento en el (Ricky(?)) Fort King Tennis Center. Ahora tocaba medirse ante Taylor Townsend, actual 389° WTA, ex líder del ranking junior en 2012 y promesa del tenis estadounidense. “Me encantó haber jugado con alguien tan buena como Taylor. Pude ver qué partes de mi juego funcionaron y cuáles otras debo seguir trabajando. Uno solamente puede aprender jugando en el alto nivel”, señalaba Falkenberg luego de haber perdido previsiblemente por 6-0 y 6-0, en 36 minutos de partido, en el cual solo ganó doce puntos.

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Taylor Townsend, la verduga de Gail.

Sin importar este resultado, en el círculo íntimo de este tipo de torneos manejados por la Federación Internacional del Tenis (ITF), Falkenberg es conocida como “The Legend” (La Leyenda). El elogio de sus colegas le llegó a través de Keri Wong (921° WTA), otra tenista estadounidense de 26 años, quien alimentó el ego de esta veterana luchadora.

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A pesar de su particular palmarés, Falkenberg de ninguna manera pierde el optimismo y apunta alto para lo que resta de su juvenil carrera. “Mis objetivos son ganar dos partidos seguidos en el circuito, mejorar y ganar cuando tenga setenta años”, cierra ilusionada “The Legend”.

EL DÍA QUE CASI LE GANA A JENNIFER CAPRIATI

En un evento preclasificatorio para Big Amelia Tournament –torneo que solía integrar el circuito profesional- , donde la ganadora obtendría un wild card para el cuadro principal, Falkenberg enfrentó a Jennifer Capriati. Por ese entonces, la ex número uno del mundo tenía 13 años y, según nuestra veterana protagonista, venía de ganar el campeonato nacional para menores de dieciocho años. Finalmente, en aquel match  disputado en Orlando, Falkenberg perdería 7-6 y 6-4, pero tiene grandes recuerdos. “Para mí era el segundo partido del día, porque esa mañana había vencido en tres sets a la jugadora número uno de la Academia Bollettieri. Estaba cansada, pero probablemente haya sido la mejor jugadora contra la que he jugado”.

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Capriati, campeona de Roland Garros 2001.

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James Ward maduró a las piñas con un argentino

20 Nov

Al ver caminar a James Ward por los pasillos de El Clú, sede del Challenger de Buenos Aires, lo único que nos llama la atención es su vestimenta. Medias con lunares celestes, chomba floreadas o con extravagantes estampados son algunos de los diseños que la marca británica Ted Baker (conocida por su ropa informal) le prepara a su embajador deportivo. Sin embargo, en poco menos de dos semanas, este fashion (?) inglés de 28 años será el quinto jugador de su nación en la final de la Copa Davis. Del 27 al 29 de noviembre, Gran Bretaña y Bélgica se enfrentarán para decidir quién será el nuevo campeón de la denominada Copa Mundial de tenis. Por ese motivo, Ward estuvo en Argentina. El lungo tenista buscaba aclimatarse al polvo de ladrillo. La serie definitoria será en Ghent y los belgas, comandados por David Goffin, eligieron utilizar como superficie la arcilla, el suelo que Andy Murray -actual 2° del mundo y máxima figura británica- menos disfruta. A pesar de esta relación esporádica con nuestro país, Jamie tiene un pasado celeste y blanco. Algunos años atrás, Diego Visotzky, luchador de MMA (Artes Marciales Múltiples), fue su preparador físico en Londres. El cordobés lo moldeó a los golpes.

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“Por eso estoy en Argentina. De otra forma no estaría aquí”, le dice con una sonrisa Ward a EfectoTenis. “Está bueno porque uno necesita practicar sobre polvo de ladrillo, tienes que acostumbrarte a esta superficie, aunque las condiciones en Sudamérica son muy diferentes a las que habrá en Bélgica. Es cuestión de moverte de nuevo sobre el polvo de ladrillo, para tener las mejores chances si es que llego a jugar la final”, aclara el 155° del mundo, que durante la última semana perdió terreno con el joven Kyle Edmund, flamante campeón de la Copa Fila y segundo singlista británico.

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Colección completa de James Ward aquí. Quiero todo.

Según la biografía que entrega la página de la ATP, la superficie predilecta de Ward es el polvo de ladrillo. “Tal vez no es mi superficie preferida en este momento porque  actualmente no estoy jugando demasiado sobre arcilla, pero estuve cuatro años y medio en Valencia”, comenta en referencia a su estadía en la Academia de Juan Carlos Ferrero, ex número uno del mundo, donde aprendió a hablar español tan bien que en Buenos Aires, a veces, creen que es un digno habitante de la península ibérica.

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Ph: Sergio Llamera.

La decisión de irse a entrenar a España fue condicionada por la situación económica familiar. Su padre, Jim, desde hace muchísimos años es taxista. Ward, originario de Euston, zona céntrica de Londres ubicada a 12 millas de Wimbledon, no proviene de una familia acomodada. “En Inglaterra es igual que en Argentina. Es un deporte elitista y todas las cosas son muy caras, especialmente porque Londres es un lugar muy caro para vivir y para jugar al tenis. Por eso me fui a España, donde estuve durante algunos años. Después volví y estoy viviendo nuevamente en Londres. Es duro, pero creo que muchos jugadores del tour provienen de entornos muy normales. No siempre son chicos que tienen mucho dinero, así que estoy en la misma situación que otros tenistas”, aclara Ward, que tuvo su mejor posición en el ranking en julio de este año cuando fue 89° del mundo, luego de alcanzar la tercera ronda en el césped del  All England.

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James y el taxi cab de su padre Jim.

Como el mundo es un pañuelo (?) y siempre hay un argentino metiendo la cola, en aquella experiencia en España, Ward entrenaba con Javier Capitaine, un reconocido preparador físico cordobés. Capitaine, quien trabajó con Sharapova, Coria, Nalbandian, Dimitrov, entre otras figuras, también entrenó a su coterráneo Diego Visotzky. Este luchador que fue campeón mundial de la World Boxing Union, bronce en el Mundial de Jiu-Jitsu de 2001 y múltiple campeón argentino en esta misma disciplina, también es preparador físico.

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El Toro Diego Visotzky.

Ward necesitaba un especialista que mejore su espigada figura y que, sobre todo, fortalezca su inestabilidad mental. Capitaine le recomendó a Visotsky. Ambos empezaron a chatear por el ahora obsoleto Messenger y allí definieron un primer encuentro en Londres. “Más allá de haber charlado por MSN, cuando llegué a Londres me senté con él y estuvimos un rato largo hablando. Conversé mucho con Capitaine y con el papá de James, que fueron los que más o menos me fueron dando las consignas sobre lo que debíamos trabajar. Fueron tres meses donde progresó muchísimo y cambio varias cosas, sobre todo en su actitud hacia al entrenamiento que era lo que más le hacía falta”, le explica a EfectoTenis el Toro Visotsky, que preparó atletas del área de combate, pero también trabajo en otros deportes, eso sí, nunca antes en el tenis.

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Visotsky siguiendo atentamente a Ward durante su participación en el Challenger porteño.

“Además de nunca haber entrenado un tenista, jamás me gustó el tenis ni me llamó la atención. Como coach uno tiene que entender ciertos aspectos metodológicos del deporte y a partir de allí podés empezar a entrenar a una persona”, señala el argentino que trabajó con Ward durante tan solo tres meses. Ese trimestre, que se vio interrumpido por un asunto personal que implicaba la tenencia de su único hijo, realmente marcó la personalidad del inglés. “Cuando llegué, él no era de entrenar mucho. En el juego, apenas se le complicaba o le daban vuelta el partido, se venía abajo mentalmente y terminaba perdiendo por ese motivo. Entonces empecé a hacer un estilo de trabajo que los luchadores estamos muy acostumbrados, y por lo que vi en el ambiente del tenis, la preparación física es bastante light. Empecé a exigirlo. Que el cuerpo no dé más y que siga adelante más por la cabeza que por el cuerpo. Combiné muchos ejercicios propios de los luchadores, pero que eran beneficiosos para el tenis. Le gustó mucho ese tipo de laburo”.

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Ph: Sergio Llamera.

Inclusive, la dupla britiargentina (?) realizó numerosos entrenamientos bajo la lluvia, donde se enchastraban y embarraban. “Él, que es el típico tenista inglés todo punta en blanco, lo embarré y revolqué por todos los parques de Londres. Al principio le chocaba, pero después le encantó. Cada vez que llovía me decía de ir a entrenar al parque”, cuenta con humor este luchador que compitió en Estados Unidos, Japón, Rusia, Costa Rica, entre otros países.

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Sin embargo, el Toro no se detuvo ahí. Su metodología desacartonada e innovadora para el ambiente empezó a surtir efecto en Ward. Sacarlo de la rígida estructura que lo había acompañado toda la vida fue beneficioso. De hecho, en varias oportunidades el  europeo se comió un par de piñas. “Muchas veces le puse los guantes y lo subí a la jaula, al ring, y guanteábamos. Por un lado para que saque la cabeza del entrenamiento típico. Obviamente que no le pegaba fuerte, pero lo exigía. Lo sacaba de su zona de confort y lo ponía en situaciones que no le gustaban nada y que se la banque”, explica el cordobé, que veía en estos ejercicios una faceta recreativa y didáctica. “No era una lucha real. Te podés imaginar que si peleamos en serio lo mato. Es como si jugáramos al tenis… yo no tengo ni idea. Un par de veces, boludeando, le metí palancas o lo estrangulaba”.

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Ph: Sergio Llamera.

Durante esos tres intensos meses, Visotzky lo acompañó por el tour donde no pasaba desapercibido. Imaginen un mastodonte vestido de luchador, lleno de cicatrices, con las orejas deformadas por las peleas dando vueltas por los “paquetes” clubes europeos. No era normal. “La verdad que era como un sapo de otro pozo. La gente me miraba como si fuera otra cosa. Muchos le preguntaban a James sobre mí. En el entorno se hablaba del tema. Un día, James cayó con un montón de ropa y me dijo ‘Tomá, tenés que empezar a vestirte como tenista para no llamar tanto la atención’”.

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En plena lucha. De verlo ya me duele (?).

Lejos de sentirse intimidado por el qué diran tenístico, Visotzky  estaba convencido de su método de trabajo. “A mí no me importó demasiado cómo era el ambiente y cuán diferente era al estilo mío. Me contrataron para hacer un trabajo que consistía en hacer un cambio de actitud y de cabeza, sumado a que mejore a nivel físico. Obviamente que sobre lo técnico no tenía ningún tipo de influencia, pero asimismo en sus entrenamientos de tenis le modifiqué un montón de aspectos metodológicos que lo beneficiaron muchísimo”, comenta el Toro.

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A pesar de la insistencia de James y Jim Ward, que le prometían el oro y el moro para que se establezca en tierras inglesas, Visotzky  volvió a las sierras de su provincia para hacerse cargo de su hijo. Tres años después, el contacto es cada vez más esporádico, pero Ward le sigue pidiendo ayuda. Algunos meses atrás, el tenista le encomendó la preparación de un régimen alimenticio. “No solamente progresó durante esos meses. Por ejemplo, este último fin de semana (en referencia al Challenger de Buenos Aires) estuve con James, y  Leon (Smith, capitán del equipo de Copa Davis de Gran Bretaña) me decía que realmente le quedaron secuelas muy importantes de ese cambio de actitud y cabeza que le di en aquel momento”. Mientras que con orgullo remata: “Fue una educación más que un entrenamiento de tres meses. Fue un cambio que lo ayudó para mejorar en su carrera”. Juzgando por sus resultados podemos aseverar que definitivamente Ward aprendió. A las piñas y a los golpes, pero aprendió.

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El capitán Leon Smith, Visotzky  y Ward en El Clú.

WARD Y SU “FANATISMO” POR TAYLOR SWIFT

“No, son estupideces. Fue una broma”, explica Ward en referencia a su supuesto fanatismo por la música de la cantante estadounidense Taylor Swift. Pero, ¿cómo creció este rumor?  Andy Murray fue el culpable. “A fin del año pasado, cuando estábamos entrenando juntos en Miami, todos los días su canción sonaba en la radio una y otra vez. Al final de la semana nos aprendimos la letra y la cantábamos. Después, cuando Andy fue a Wimbledon, le dijo a todos los periodistas que mi cantante preferida era Taylor Swift. Él lo dijo y todos le creyeron. Es una cagada (shit) para mí”, aclara Ward, que quiere distanciarse de los gustos clásicos de un teenager.

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Andy Murray (left) and James Ward during practice on day Five of the Wimbledon Championships at the All England Lawn Tennis and Croquet Club, Wimbledon. PRESS ASSOCIATION Photo. Picture date: Friday July 3, 2015. See PA Story TENNIS Wimbledon. Photo credit should read Mike Egerton/PA Wire. RESTRICTIONS: Editorial use only. No commercial use without prior written consent of the AELTC. Still image use only - no moving images to emulate broadcast. No superimposing or removal of sponsor/ad logos. Call +44 (0)1158 447447 for further information.

Ph: Mike Egerton/PA Wire.

 

El regreso fue arriba de un camión

16 Nov

La espera en la ostentosa (?) terminal de ómnibus de la ciudad de Azul no es habitual. El micro de la empresa Plusmar  (obviamente no es PNT) debería haber llegado hace diez minutos. La impuntualidad, una recurrente cualidad en los argentinos, llamativamente no es un hábito en los micros de larga distancia. Impaciente, me dirijo a la oficina de la compañía que tenía que recorrer 300 kilómetros para llevarme de vuelta a la Ciudad de Buenos Aires, luego de cubrir la 19° etapa del Tour Profesional de la Asociación Argentina de Tenis celebrado en el Club de Remo de Azul.

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– Disculpame, ¿sabés qué pasó con el Plusmar de las 15:20 que va a Retiro?
– Hoy no sale ningún Plusmar – responde el cincuentón hombre desde atrás de la ventanilla.
– Mirá, te muestro el ticket.
– Ah, sí, te lo imprimieron mal. El tuyo se fue hace diez minutos. Era el violeta, el Jet Mar. Se equivocó la empresa de interné, pibe.
– ¿Y cómo lo podemos solucionar?
– No es nuestra responsabilidad.

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La Catedral de Azul.

Haciendo malabares al cargar una mochila, un bolso donde está mi ropa, un diario La Nación que lucía la trágica tapa de los atentados en Francia y una botella de agua recalentada, me acerco a otra ventanilla. Allí me explican que, en estos casos, la única forma de alcanzar al bendito micro violeta es tomarse un remis hasta el peaje de Parish, pueblito ubicado a 40 kilómetros de Azul. Ellos, haciéndome una gauchada y nunca asumiendo el error, llamarían a la oficina del peaje para que le comuniquen al chofer del ómnibus que un pasajero estaba en camino y que lo esperaran diez minutos.

“Dale, pibe, metele que no llegás”, fue el amistoso y motivador consejo del azuleño. A metros de distancia, un destartalado y abollado Renault 12 plateado me esperaba. Ofuscado por el pensamiento lateral de por qué La Nación hace su periódico tan grande, le explico la situación al remisero. Sentado en una silla que dejaba ver los pedazos de goma espuma amarilla, el canoso hombre argumentaba que a más de 90 kilómetros por hora no podía ir.  Puteo, pero vislumbro la llegada de un modernoso Volkswagen y no dudo un segundo en romper el acuerdo con el dueño del obsoleto auto.

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A 130 kilómetros por hora, la denominada Ruta Nacional (de la muerte) N°3 es el lugar propicio para entablar una amistad con Pucho. El intrépido remisero tiene 73 años. Durante 36 trabajó como camionero. A los 55, cuando se jubiló, decidió comprarse un remo, como él llama a su herramienta de trabajo, para acompañar el ingreso de su jubilación. La ruta es su terreno y lo conoce a la perfección. Escondiendo su mirada detrás de unos oscuros anteojos de sol, Pucho escucha con atención mi historia y también cuenta la suya. Pasaron veinte minutos y después de una curva cerrada veremos el peaje y al bendito micro violeta. Yo no lo encuentro. Pucho tampoco. El ómnibus no está. Jamás esperó.

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Con el auto aún en movimiento apoyo mi pie derecho en el caluroso asfalto. La rueda trasera derecha del remo de Pucho sigue girando e impacta en mi tobillo. Por suerte se detiene y no lo aplasta. Algo preocupado, pero con la aspiración de alcanzar el micro, cruzo la ruta y camino al trotecito hasta la oficina. Explico la situación. Un empleado que lucía un chaleco amarillo me comunica que ellos le avisaron, pero el chofer no esperó. “Capaz nos dijeron mal el número de coche”, explica. Decidido a aclarar los tantos, Pucho baja de su Volkwagen. El empleado, fluorescente por su vestimenta, lo reconoce y ambos se abrazan. Son vecinos. Viven a la vuelta.

– Pucho, ¿sabés qué podemos hacer? Llamo a la policía caminera de Cacharí y le digo que frenen a este micro violeta y que te esperen – explica el del peaje señalándome, mientras llama al puesto de control montado a 18 kilómetros de distancia.
– Gracias, querido. Vamos, pibe. Subí adelante – me dice con tono de abuelo que le da una nueva libertad al nieto.

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A toda máquina seguimos abriendo camino. Sobrepasamos varios camiones y autos hasta que llegamos a otra curva que decidirá mi suerte, si es que, a esa altura, podemos aseverar la existencia de la misma. Un frondoso bosque impide ver al puesto de control de la pequeña localidad bonaerense. Al pasar el conjunto de árboles no evidenciamos ningún rastro de un ómnibus violeta. El micro no está y, a esa altura de la tarde, ya no sé qué hacer.

Pucho toma el mando de la situación. Me indica que espere en el auto. Él baja a charlar con los uniformados (?). Unos pocos minutos después vuelve y me explica mis dos posibilidades. Una es volver a Azul y tomarme el próximo micro que pasa a las ocho de la noche y es el denominado “lechero”, es decir, aquel que se detiene en todos los pueblos a subir y bajar pasajeros. La otra opción es que los policías me consigan un alma caritativa que me acerque a destino. Mientras evalúo la alternativa de subir al auto o camión de un desconocido, por el rabillo del ojo observo que los policías ya estaban deteniendo el tránsito.

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En el puesto de control de Cacharí.

“Vos ya sabés donde encontrarme. Estoy todos los días en la terminal. Cuando vuelvas a cubrir un torneo de tenis nos comemos un asado”, me dice Pucho y nos abrazamos brevemente. Con el bolso, la mochila, el diario La Nación y el agüita en mano espero al costado de la ruta. Después de tres negativas, el cuarto camión frena en la banquina. Al trotecito me pongo a la par, saludo desde lejos a los caritativos “canas” y abro la puerta del enorme Ford Cargo blanco. A Capital Federal volveremos a dedo.

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La espera en el remis.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………- Soy Hernán y ¿vos?
– Julián, ¿cómo va? Gracias por llevarme, viejo.

Hernán tiene 30 años y es de Moreno, localidad del oeste bonaerense. Después de unos minutos de charla, me doy cuenta lo prejuicioso que he sido con el rubro de los camioneros a los que erróneamente había imaginado y catalogado. Hernán, que mensualmente hace 17.000 kilómetros y trabaja dieciséis horas por día, no se come las eses, no putea, su vocabulario es amplio y, por lo que enamoradamente cuenta, no engaña a su mujer. La conversación fluye. Durante las tres horas de viaje recorreremos los detalles de su mundo: desconocido e impensado para mí.

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Hernán y una tarde soleada.

El modernoso camión que en once meses de vida caminó 164.000 kilómetros, todos los días realiza el mismo recorrido en el cual lleva 30.0000 kilos de piedra.  De Moreno a Olavarría. 700 kilómetros diarios para ir a buscar piedra a la principal cantera de la ciudad situada en el centro de la Provincia de Buenos Aires. La rutina podría volver loco a cualquiera, pero a él, su trabajo le encanta. “Te tiene que gustar, sino fuiste. Son dieciséis horas viajando por día. Arriba del camión no tenés vida, pero para mí, la vida es esto”, me cuenta mientras maneja y ceba unos mates dulces. “Me gustan los fierros, la calle y ésto es la calle… Ni en pedo podría estar en una oficina. De hecho, muchas veces no vuelvo a casa por tres días”, explica Hernán.

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=nK56lqASKtA&feature=youtu.be]

Desde los quince años que está arriba de un camión. Primero fue ayudante de su primo, después empezó a hacer algunos viajes como chofer. En el 2003 se compró su primer truck, un rastrojero que no tenía ni motor, pero que, dándose un poco de maña, lo pudo arreglar. A partir de ahí siempre fue progresando e invirtiendo en un mejor vehículo. Desde enero, cuando financió el Ford Cargo, él  es su propio jefe. Eso lo hace feliz.

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En nuestro trayecto, Hernán analiza su vida conmigo, como si fuese su psicólogo. Por mi parte aprovecho a hacer lo mismo. Ambos sacamos conclusiones, hasta que un camión nos pasa a toda velocidad por el carril contrario y por poco no choca con otro que venía de frente (está filmado en el video). “Esto pasa tres veces por día”, dice y me explica por qué la Ruta Nacional N°3 es denominada la “ruta de la muerte”.

La mayoría de los pesados vehículos que transitan la autovía cargan miles de kilos de piedra o cemento. Muchos de los choferes, por hacer unos “mangos” más, se exceden de los 45.000 kilos que cada camión tiene permitido. El sobrepeso erosiona la uniformidad del asfalto, lo que genera desniveles, un potencial causante de accidentes. Además, para no dañar “la máquina”, los choferes van más despacio  y, de esa forma, es imposible para los autos pasar los incontables camiones que se acumulan. En el afán por conseguirlo, los cálculos en las distancias fallan.

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Dejando atrás todas las (muchas irreproducibles) anécdotas, el atardecer sirve de despedida. Llegamos a la rotonda de Cañuelas, donde mi hermano me pasará a buscar por una estación de servicio. El saludo promete un nuevo encuentro. Sin embargo, a la historia le queda un breve capítulo más.

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Al bajar del altísimo camión que reemplazó al micro violeta, a unos metros de distancia las luces y la música dominan la escena. “¿Qué pasa acá?”, le pregunto al playero, que me explica que hoy es la “Fiesta del Dulce de Leche”. Sin lugar para la sorpresa espero al costado de la puerta del bar. Aún con el diario en mano, un fornido hombre entra y se sienta a tomar un café. Su cara me es conocida. Me acerco, lo miro con detenimiento y confirmo las sospechas. Estoy frente al “Rey de la Carne”. El mediático Alberto Samid, reconocido empresario frigorífico, quiere cerrar el diario de viaje. A esta altura de la tarde, lo único que pido es que llegue mi hermano y, sobre todo, que no aparezca Mauro Viale (?).

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Samid y una toma digna de un paparazzi.

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La selfie de despedida.

Christo Van Rensburg: el único campeón africano en Buenos Aires

11 Abr

Hurgando en el archivo del ATP de Buenos Aires, la edición de 1995 trae una curiosidad. En aquella oportunidad, el torneo porteño tuvo a su primer y único campeón africano. Su nombre es Christo Van Rensburg, es sudafricano y ganó el dobles junto al estadounidense Vincent Spadea. Además de esta particularidad, Van Rensburg, 19° del ranking en 1988, vivió en primera persona el conflicto del Apartheid y hasta conoció a Nelson Mandela.

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“Estaba viendo qué día sacaría los boletos de avión para volar a casa. Para mí era el último torneo del año. No veía a mis padres desde abril. Había dos vuelos durante esa semana: miércoles a la noche o domingo. La programación salió y nos tocaba jugar el miércoles a la noche. Aunque fuese derrotado, no podría volver a casa. No había tiempo suficiente para tomar el vuelo de vuelta. Había solo una opción, y perder no era esa”, le dice Van Rensburg a EfectoTenis mientras relata aquel triunfo en Buenos Aires que determinaría al único campeón africano en la historia del actual Argentina Open.

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Set de cuchillos que compró en Argentina y que aún sigue usando.

“Ahora estoy descansando con todo el dinero que (Vincent) Spadea me hizo ganar en Buenos Aires, en el 95’ [risas]. También jugué dobles con mi amigo Javier Frana. Nunca perdimos un partido. Así que jugar en Argentina o con un argentino fue muy bueno para mí”, dice con humor el sudafricano de 52 años que actualmente reside en Austin, Texas, donde dirige su propia marca de indumentaria deportiva. En los últimos años de su carrera, Van Rensburg decidió pintar su encordado dibujando una “carita feliz”. Esa simple acción se convirtió en un símbolo identificativo para el sudafricano que más tarde terminaría fundando su empresa de ropa llamada “F-ACE”, en referencia a aquel particular hábito.

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En su raqueta, la carita feliz.

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También tienen una línea de ropa interior que incluye tanguitas (?).

EL APARTHEID Y MANDELA

Nelson Mandela le tiende la mano a Van Rensburg. Madiba, que por aquel entonces era presidente de Sudáfrica, saluda al equipo de Copa Davis de 1996, que hacía unos pocos años había vuelto a la competición luego de ser expulsados en 1979. Una de las últimas series del equipo sudafricano ocurrió en 1974, cuando fueron campeones pero de una manera muy controvertida. En aquella setentosa edición,  los africanos ganaron por primera y única vez el torneo, luego de haber pasado dos series sin haber jugado. Sus rivales, que se oponían a enfrentarlos por su postura ante el Apartheid (sistema de segregación racial que consistía en la división de la población en grupos raciales donde los blancos ejercían la autoridad) abandonaron y Sudáfrica  pasaba de ronda. Así lo hizo dos veces. Incluso en la primera instancia frente a Argentina. En la final, India decidió no participar y así llegó la Ensaladera.

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El equipo sudafricano de Copa Davis campeón en 1974.

Esa fue la única final de la historia de la Copa Davis que no se jugó. Lo político había metido la cola. A fines de los 70’ llegaría la expulsión de Sudáfrica de la Copa Davis, país donde a los negros no les estaba permitido votar, eran obligados a vivir en guetos, se les restringía el acceso a zonas reservadas para blancos y el contacto sexual interracial era un delito. La situación, en el ámbito deportivo, era insostenible.

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Van Rensburg y Mandela, para la mesita de luz.

Volviendo a la foto, Mandela, con las miles de ocupaciones y compromisos que tenía por aquellos momentos, entendió la importancia de la vuelta de la Copa Davis a su país. En un aeropuerto privado donde citaron a los deportistas, el líder político saludó a cada uno de los tenistas, entre ellos, a Van Rensburg, que recuerda aquel instante tan significativo. “Estábamos todos muy entusiasmados. Fue genial tener esos pocos minutos con él. A todos nos hizo sentir importantes y se tomó su tiempo para sacarse fotos con cada uno de nosotros. A nuestras esposas y amigos más cercanos  les estaba permitido presenciar el momento. Nos dio un buen discurso sobre el honor de jugar por tu país”, relata el nacido en Uitenhage, localidad ubicada a 35 kilómetros de Puerto Elizabeth.

Finalmente, en aquella serie frente a la Austria de Thomas Muster –por aquel entonces número uno del mundo-, Sudáfrica ganó y el saludo con Mandela quedó en la retina de Van Rensburg que entiende la importancia de su figura. “Acerca de lo que dice la gente sobre Mandela, él era un hombre fiel a su palabra. Fue la mejor persona para realizar el trabajo que le fue asignado. Era muy difícil hacer que la nación se una, pero él creció en el corazón de muchos sudafricanos blancos. Tampoco estaba asustado por mostrar sus emociones cuando llegó al deporte”, dice Van Rensburg en referencia a la Copa del Mundo de rugby de 1995 ganada por su país y que se convirtió en un hito en el proceso de integración que estaba ocurriendo.

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Christo, contemporáneo a Martín Jaite.

Previo a ese encuentro, en 1992, Sudáfrica sellaría su vuelta a la Copa Davis. Por su inactividad desde su última serie en 1978, los africanos, a pesar de tener grandes jugadores, empezarían desde la más baja categoría: en el grupo tres de la zona europea/africana. Van Rensburg fue el primero en volver a representar a Sudáfrica en la mítica competencia por países. El primero en jugar desde la instauración del Apartheid. El primero en jugar desde que éste dejó de estar en vigor.

“Todos en el equipo estaban bromeando con que “recuerda que si pierdes el primer punto quedarás en la historia como el primero en perder luego de volver a la Copa Davis”. Algo que sabía, era que tenía que ganar el sorteo, porque mis mayores puntos a favor eran el saque y la volea. Todo salió bien.  Lo gané. Cuando el umpire dijo “Sudáfrica al servicio” empecé a temblar de los nervios. Ése significaba el punto más importante que jamás iba a jugar. Mis amigos me miraban. Ellos estaban riendo, sabían que ganaría el partido [por la superioridad ante un inexperimentado rival], pero ese punto era muy grande, por toda la historia que tenía detrás”, recuerda Van Rensburg de aquellos partidos disputados en Túnez donde le ganaron a Camerún, Argelia, Túnez, Senegal y Congo.

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Junto a los hermanos Bryan.

“Recuerdo haber metido el saque en el centro del cuadrado. Era muy sencillo pero por los nervios me ubiqué en el medio de la cancha. Cuando miré, mi rival camerunés tenía diez opciones para pasarme. Fue el peor segundo servicio de mi vida. Wayne Ferreira [compañero de equipo y 6° ATP en 1995] me hubiese pasado con su mano izquierda y con los ojos tapados. Por alguna razón, tal vez como recompensa por haber leído siempre la Biblia y por haber rezado todas las mañanas y tardes, él erró la pelota. Definitivamente fue una ayuda de arriba. Recuerdo cruzar mirada con mi capitán, Keith Diepraam, y los dos sonreímos”.

EL APARTHEID EN SU CASA

“Habiendo sido criado en un hogar y viendo como mis padres trataban a las personas de todos los colores, nunca se me cruzó por la mente que hubiese algún tipo de segregación. Más tarde llegué a entender lo que estaba ocurriendo”, comenta Van Rensburg en relación a cómo se vivía el Apartheid en su propio hogar.

“Teníamos a una mujer negra que me cuidaba cuando mis padres estaban enseñando en la escuela. Hicimos cosas juntos. Los domingos, mi familia siempre comía una pata de cordero. Los lunes, mi madre le asaba otra pata para la mujer y el hombre negro que nos ayudaban dentro y fuera de la casa. Nunca tuve la sensación que fuesen diferentes. Los veía ayudarnos porque mis padres eran profesores y necesitaban una niñera. En mi casa no había un sentimiento de Apartheid”, agrega el sudafricano, ganador de dos títulos ATP.

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Museo del Apartheid, en Johannesburgo.

Con el paso del tiempo, su mente se fue formando y empezó a tomar conciencia de las desigualdades que ocurrían en su país. “Después, cuando fui más grande, sí me di cuenta que no era correcto dejar que las personas de color se sentaran en el fondo del colectivo y que tuvieran asientos diferentes para mirar deportes. Teniendo una gran población de gente negra, lo correcto era traer a Nelson Mandela para que nos una a todos. Leí muchas historias sobre aquellos duros tiempos para la gente de color y lo siento mucho por sus luchas”.

La historia detrás del partido más corto del Challenger Tour

19 Nov

Después de 26 minutos y 45 segundos, la derrota y el record ya eran un hecho. En el anonimato que significa jugar la primera ronda de la clasificación del Challenger de Bratislava, en Eslovaquia, dos locales se convertirían en recordistas del Challenger Tour. El 6-0/6-0 que Martin Blasko le proporcionó a Lukas Jelenik sería el partido más corto en la historia del segundo escalón del profesionalismo. EfectoTenis pudo corroborar el dato según las estadísticas proporcionadas por el enciclopédico periodista argentino Eduardo Puppo, en contacto con la ATP. Hurgando en el archivo, el despacho más veloz de la historia fue en 2001, en Shanghai. El verdugo fue el español Francisco Clavet  que le regaló una “bicicleta” (N. de Ref: en la jerga tenística se lo llama al doble 6-0) al chino Shan Jiang que apenas duró 25 minutos en cancha.
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El saludo post partido.

Desde aquel fugaz partido (disputado el sábado 1° de noviembre de este año) donde Martin Blasko ganó 48 puntos sobre el cemento eslovaco. Del otro lado de la red, Lukas Jelenik, de 28 años, apenas ganó doce tantos, ocho con su servicio y cuatro devolviendo el segundo saque de Blasko. Sin embargo, lejos de parecerle una deshonra, Jelenik cumplió uno de sus sueños como tenista amateur, jugar por primera vez un Challenger, y en el Court Central de su ciudad.
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Jelenik y su derecha.

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Viernes 31 de octubre. 19 horas. La firma de los jugadores que jugarán la clasificación del Slovak Open, torneo que reparte €85.000 en premios, es hasta las 21 horas. Lukas Jelenik no tiene nada que perder. Llega puntual, como quien no quiere perderse la oportunidad de su vida y por las dudas asiste temprano, y firma. Tendrá que esperar hasta las 22, cuando el cuadro ya esté armado. Ahí, después de tres horas, sabrá si jugará o no su tercer torneo profesional, anteriormente participó en dos Futures. En su interior, él siente que no lo jugará, pero uno nunca sabe. Lukas Jelenik mantiene la esperanza.
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“A las diez de la noche volví al club a ver si de casualidad había entrado. Sorprendentemente vi mi nombre en el cuadro (de la clasificación) y también vi que jugaría en el Court Central. La emoción fue muy grande. El tenis es mi pasión”, le cuenta Jelenik a EfectoTenis.  “No me dieron un wild card (WC). No entiendo por qué estaba escrito al costado de mi nombre”, intenta explicar, desde Bratislava. Él desconoce las reglas. Dice que no le dieron una invitación para jugar el torneo. Sin embargo es la única vía “legal” para que alguien sin ranking ATP (de singles o dobles) pueda competir en la clasificación de un torneo del Challenger Tour.  Ante la falta de jugadores con ranking, la organización lo incluyó en el cuadro, mediante un WC. “Tengo un ranking nacional en Eslovaquia, esta temporada estuve 61°. La firma para el Challenger de Bratislava fue el viernes, entre las 19 y las 21. Llegué a las 19 y probé suerte”, escribe en inglés este tenista amateur que tiene una historia de vida aún más interesante que su record de ser el “perdedor más veloz”.
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El detalle del partido y el cuadro.

Desde que tuvo un año y hasta los seis de vida, Jelenik vivió en Mozambique, país ubicado en el sureste de África. Su padre, un diplomático, de esos que van girando (lease shirando (¿)) por el mundo y llevan a su familia como equipaje, se dedicó a viajar durante la infancia de Lukas que en Maputo, capital de Mozambique, empuñó un a raqueta por primera vez. “Empecé a jugar a los cuatro años donde vivía junto a mis padres. A esa edad, el tenis solo era para divertirme. La vida en Mozambique fue linda, interesante. Después, también viví en Portugal. Allá jugué seriamente para el Club Benfica. Mi entrenador era el ex coach de Marcelo Ríos, del cual no recuerdo el nombre”, relata Jelenik que sacó rédito a su nómade niñez aprendiendo inglés, portugués –se habla en Portugal y Mozambique, ex colonia portuguesa- y hasta español, obviamente incluyendo el eslovaco.

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Jelenik y sus primeros años en África.

Además del tenis, actividad que practica una o dos veces a la semana, Jelenik  trabaja en una reaseguradora suiza. Debido a su fanatismo por la Liga Portuguesa comentó tres partidos del fútbol luso para el canal “Slovak Sport”; mientras que hace siete años que escribe –según él, como hobby- para un diario deportivo eslovaco.  “Soy un gran fan del Benfica. Jugué al tenis para ellos y vivía a tan solo 500 metros de su estadio. Obviamente me gustan mucho los jugadores argentinos como: Enzo Pérez, (Eduardo) Salvio, Ezequiel Garay y (Ángel) Di María que desafortunadamente se fue”, manifiesta con lamento este moza-portu-eslovaco (?), un auténtico trotamundos.

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Hace unos años, junto a Eusébio, gloria del fútbol portugués fallecido en 2014.

”A los 28 años y teniendo un trabajo, el tenis es mi hobby. Lo que es gracioso es que ahora que es un hobby logré los mejores resultados de mi carrera”, comenta con orgullo. Volviendo al particular match que tomó nuestra atención, el eslovaco dice: “En la primera ronda me sentí bien. Sabía que no tenía nada que perder. Fue una experiencia inolvidable, y aunque no pude ganar un game, tampoco puedo ser comparado con esos jugadores que entrenan todos los días mientras que yo juego solo una o dos veces a la semana”. También agrega que fue interesante tener ballboys, umpire y jugar en la cancha central, aspectos a los que un tenista amateur no está acostumbrado.

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Dos glorias eslovacas (?): Jelenik y el Topo Dominik Hrbaty.

En un ámbito distendido, teniendo en cuenta un chat que entró en confianza, Jelenik habla sobre su saque, su gran arma dentro del amplio (¿) abanico de golpes que dispone: “Realmente quedé impresionado con mi saque. Mis amigos me conocen como “el que saca fuerte”. Lamentablemente tuve un bajo porcentaje con mi primer servicio (44%), sino tal vez hubiese podido ganar un game”.
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Un saque a 201 km/h.

Lejos de apichonarse con la abultada derrota, Jelenik comenta que el próximo año jugará más torneos profesionales y también analiza, con humor, la particular plusmarca que deberá cargar en sus hombros. ”Sé que mi partido fue el más corto, je. Bueno, alguien tiene que tener un record negativo, jaja. Lo tomo de manera divertida”.

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Norma Baylon: una mujer indomable

8 Oct

El sonido de la pelotita contra el ropero es insoportable en aquella habitación del departamento en el barrio de Belgrano. Ella, de cuatro años, no se cansa. Su madre, de algunos cuantos más, no la aguanta. Lo que nunca va a pensar Dorothea es que más tarde su hija, Normita, será 4° del mundo y una precursora en el tenis femenino argentino. “Como comprenderás, yo no me acuerdo, son los cuentos de mis padres. Todo el día estaba dándole a la pelotita contra el ropero, y cuando llegaba mi papá, a la noche, mi mamá le decía: < ¿Sabés qué? Me tiene harta. Todo el día estoy escuchando el tiki, tiki, tiki. Ya no la soporto más>”, le dice a EfectoTenis Norma Baylon, una mujer indomable desde antes de saber el significado de la palabra tenis.
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“Para hacerte la historia corta, ahí decidieron comprarme mi primera raquetita, una Sarina, chiquita, blanca, con la que zarpaba todos los fines de semana al Buenos Aires Lawn Tennis Club (BALTC), donde mis padres jugaban. Yo me iba al frontón. No almorzaba, no tomaba nada, con tal que nadie me vaya a quitar de ahí”. Ahí, dice Baylon, donde los sueños se siembran y los golpes se perfeccionan. Ahí, el frontón, un espacio físico donde muchas de las grandes glorias del tenis nacional pasaron parte de su infancia. “A la noche, cuando llegábamos a la casa, era siempre la misma historia. Abrían la puerta del departamento y yo me tiraba de narices al suelo llorando. No quería bañarme, no quería comer, no quería hacer absolutamente nada. Poco a poco fue surgiendo mi amor por el tenis”, relata Norma a EfectoTenis –en una entrevista realizada en la escuela de periodismo DeporTEA- dejando en claro su amor casi natural por el deporte de la raqueta.

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Siguiendo con la infancia de Norma Baylon, uno de los momentos más esperados por la porteña formada tenísticamente en el BALTC sucedía cuando su padre terminaba de jugar dobles con unos amigos franceses. Ella, por ese entonces Normita, le pedía pelotear un rato. Un día, su padre, cansado, no quería darle el gusto a su hija, pero después de tanta insistencia aceptó Olindo, un severo pero generoso alemán,  le tiró un fuertísimo revés que iba derecho al “ombligo” y que buscaba que la chiquita no molestase más. Para sorpresa del padre, Norma voleó de revés. Al día siguiente, por pedido de Olindo, Baylon ya tenía profesor.
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En el 63, Baylon y la británica Ann Haydon-Jones quien venció a Norma en la final de Bournemouth.

Uno de los grandes obstáculos que debió sortear la cuartofinalista de Roland Garros, Wimbledon y del US Open en los sesenta fue su indomable carácter. “Tengo un defecto muy grande que es ser perfeccionista. Entonces, lo que hago lo quiero hacer bien y cuando no me salen las cosas me enojo. Es un enojo que me dura muy poco, inclusive ahora, me puedo molestar con algo o alguien, pero si me dejan dos minutos tranquila ya ni me acuerdo porqué me enojé. En el tenis era exactamente igual”, explica Baylon, actualmente de 71 años, y quien en varias ocasiones sufrió las conocidas penitencias.
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Sus padres, rigurosos en la educación, durante el partido no le decían nada.  Una vez en el coche, camino a casa, llegaban las famosas penitencias. Una semana sin ir al club o no te vamos a comprar otra raqueta nueva eran algunos de los ejemplos. Después, su autocontrol llegaría a causa de las críticas de la prensa: “Norma es una genia, un fenómeno, pero su comportamiento…”, eran algunos de los titulares de la época. Sin embargo, el peor castigo llegó en las vísperas de los Juegos Panamericanos.
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En el clasificatorio que había organizado la Asociación Argentina de Tenis, Norma le ganó a las diez mejores del ranking argentino y obtuvo un lugar para viajar como representante nacional en los juegos continentales. Allí apareció otra vez su carácter. “El último partido lo jugué contra Nora Somoza. En esa época, como ya no podía gritar, decir malas palabras, pegar pelotazos, ni romper raquetas porque me venían las sanciones de mis padres, empecé a pegarme con la raqueta en el costado de la pierna. Ese día fallé y me pegué un raquetazo en la canilla. Por supuesto no hice ni un gesto pero veía que el moretón iba saliendo como si fuese un huevo de avestruz. Termina el partido. Gano. Y el presidente le dice a mi papá que yo viajaba a los Panamericanos”. En aquel encuentro, su padre le negó el viaje a Norma aludiendo que así no se iba a portar si representaba a la Argentina. “Por más que pataleé, lloré, no hubo forma. Y creo que eso me curó”.Desktop
Baylon en figurita, una perlita de MercadoLibre.

Otra de las acciones que tomaron sus padres, antes de permitirle viajar a competir a Europa, fue que finalice sus estudios secundarios y los traductorados de inglés y alemán, idiomas que actualmente habla a la perfección y que le permitieron ser traductora en series Copa Federación, dictar cursos de arbitraje y hasta desempeñarse como jueza de línea en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. “Les estoy sumamente agradecida que no me hayan permitido viajar antes de terminar mis estudios. Siempre me decían  que lo que tenía dentro de la cabeza no me lo podría quitar nunca nadie”, aclara Norma quien fue la primera mujer en conseguir el Olimpia de Oro (1962).SCAN_20141007_21345451_002
Ropa de la marca “Fred Perry” hecha expresamente para Norma Margarita Baylon. También, la marca Dunlop le proporcionó raquetas personalizadas.

A lo largo de su brillante carrera, que transcurría en tiempos de amateurismo donde ninguna cobraba dinero –solo en el final de su recorrido tenístico logró negociar la paga de algunos viajes y pequeños premios-, Baylon alcanzó los cuartos de final de Roland Garros 1965, cuartos en Wimbledon 1964 y también estuvo entre las ocho mejores del US Open en 1965 y 1966. Además, fue finalista de dobles en Roland Garros 1964. Dentro de sus tantas victorias se destacan sobre la brasileña María Esther Bueno, Nancy Richey, Billie Jean King, Vera Sukova, Lesley Turner, entre otras.

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Ilustración de la brasileña Marías Esther Bueno. /Autor: Cristiano Siqueira.

Sin embargo, uno de sus partidos más recordados no quedo en el recuerdo precisamente por haberlo ganado, sino por la manera en que perdió frente a la mítica australiana Smith Court. Durante el Australian Open de 1965, Baylon estaba 5-4 y 40-30 en el primer set. “Tipico de Norma Baylon. Problemas de concentración. Mientras yo estaba esperando que una chica recogebolas me pasara la pelota, pensaba en la alegría de mis padres, en lo que iban a escribir en los diarios, en que me estaba portando muy bien en la cancha, en qué iban a decir todos los chicos con los que entrenaba, pensé tantas cosas que cuando la veo a Margaret del otro lado, la veía que temblaba. Entonces dije, Norma, lo único que te pido es que no hagas doble falta. Saqué con tanto cuidado que los dos saques picaron en mi cancha. Después perdí el partido. Esa noche creo que no dormí, solamente lloré”, relata con muchísimo humor Baylon que no juega hace varios años a causa de algunas operaciones de cadera que no le permiten disfrutar más del tenis dentro de la cancha, algo que igualmente no extraña.
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Margaret Court y sus trofeos. /Ph: Daniel Wilkins

En 1966, año en el que periodistas estadounidenses especializados la consideraron 4° del ranking mundial femenino, Norma decidió comenzar a dejar el tenis para dedicarse de lleno a su matrimonio y a formar una familia.

Casualmente, el medio para conocer a su ahora ex marido, el peruano Bartolomé Puiggrós, fue el tenis. A Baylon, que volvía muy cansada de una extensa gira que incluía Roland Garros, Wimbledon y el US Open, le ofrecieron que vaya a jugar el Abierto de Porto Alegre, en Brasil. Norma se negaba. Sin embargo, la Asociación Argentina de Tenis le dijo que si ella no iba, María Esther Bueno, por ese entonces 2° del mundo y que a lo largo de su carrera sería tricampeona de Wimbledon y cuatro veces campeona del US Open, no viajaría a jugar el Abierto de la República, el torneo más importante desarrollado en Buenos Aires. Después de haber negociado la paga del próximo viaje que incluía toda la gira del Australian Open, Norma aceptó y viajó a Brasil donde conocería a su futuro marido, también un ex tenista con el que viviría 25 años en Lima, Perú, y con quien tendría tres hijos que le darían siete nietos. “Mi sueño siempre fue formar una familia y tener hijos. Y con la mano en el corazón, lo mejor que me dio el tenis fueron mis hijos y ahora mis nietos”.
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Baylon y sus nietos.

EL PELOTAZO A BILLIE JEAN KING

“Billie Jean King no era de las mejores deportistas, refiriéndome como persona. Todo el mundo sabía que yo tenía problemas de concentración. En una final en Filadelfia (1964), la tengo set point en el segundo set y cuando voy a sacar me dice que espere un momentito porque se iba a limpiar los anteojos. Yo pensaba, Norma tranquila. Me preparo para sacar y me dice <Wait a second (Esperá un segundo)> y se ata los cordones de las zapatillas. Y cuando por tercera vez estaba por sacar le dice al árbitro <¿Cómo vamos?>. Eso ya fue el colmo y perdí el partido”.

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Norma y Billie Jean King, 12 veces campeona de Grand Slam y quien contribuyó a la igualdad de género.

A continuación de aquel match, Norma también jugaba la final de dobles, sobre pasto, donde enfrentaba a Rosie Casals y a la mismísima Billie Jean King, a quien le pegaría un pelotazo adrede. “Mirá, Helga (Schultze, su compañera alemana de dobles) voy a hacer algo que va a ser la primera vez en mi vida que lo hago conscientemente. Hasta que no le dé un pelotazo no cuentes conmigo…”, relata con vehemencia Baylon, sin dudas, indomable.

Fotos e información: “Historia del Tenis en la Argentina”, de Eduardo Puppo y Roberto Andersen,

Audio completo de la entrevista radial:
Parte 1
Parte 2
Parte 3

Bell Ville, la casa de un campeón

26 Jun

Son las 6 de la mañana en la terminal de Villa María. El frío hiela a los peludos perros que se refugian en algún rincón alejado de los ventanales y puertas de vidrio. Todavía es de noche y la ausencia del sol acrecienta el tiritar de algunos pasajeros. Para matar el tiempo (y el frío) hasta la cobertura del Women’s y Future que se lleva a cabo en la ciudad cordobesa, el café es un buen aliado.IMG_20140621_090404
El Sport Social Club donde se llevó a cabo el Women’s y Future de Villa María.

Una vez realizado el trabajo que me había llevado hasta Villa María, Pedro Pablo Cachín, padre de Pedro, el promisorio tenista argentino de 19 años que está dentro de los 400 del ranking ATP, empezaría a exhibir la calidad de vida del interior del país. Para explicar la monotonía de los “Pedros”, en el caso de los Cachin, los nombres se traspasan de generación en generación. El abuelo del tenista se llamaba Pedro, luego pasaría a su padre y finalmente llegaría a él, como para no romper la tradición (?).
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Pedro y su revés durante el Future de Arroyito.

“¿Viste que ganó Pedrito?”, le dice Cachin padre a unos amigos mientras come un asado en un taller mecánico de Villa María, donde se sufre por el partido de Argentina e Irán. Es que Pedro no puede ocultar el orgullo que le genera  su hijo, quien acababa de ganar su primer torneo profesional como singlista, un Future en Siena, Italia. Entre la catarata de ingeniosos chistes sobre la Selección que sobrevuelan el aceitoso aire del taller, un matambre a la parrilla aparece y hace olvidar lo mal que estaban jugando Agüero, Messi, Higuaín y compañía. “Y con esto queda 370° del ranking”, comenta Pedro sobre su hijo que por primera vez en su carrera ingresará en ese lote. De golpe, el gol de Lionel Messi desata un medido festejo, más de desahogo por el pésimo partido del conjunto nacional en la segunda presentación en Brasil 2014. “Uh, ahora se van a empezar a inmolar los iraníes”, dice uno de los nuevos conocidos, en relación a la bronca que deberían tener los asiáticos por perder un partido sobre la hora. El cotejo mundialista y el matambre se terminaron y es hora de conocer el lugar donde nació el campeón de la familia Cachin, la ciudad de Bell Ville.
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En Arroyito, Pedro alentando a Pedrito. 

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Eternamente Gracias. Feliz cumpleaños papá!

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Durante el trayecto de 60 kilómetros que separa Villa María de Bell Ville, el tema central  es la experiencia de “Pedrito” en el viejo continente. En mayo de este año, el cordobés decidió viajar a Barcelona para entrenarse en la Barcelona Total Tennis (BBT), un centro de alto rendimiento coordinado por el español Alex Corretja (ex 2° ATP). Después de vivir durante unos meses en un departamento en Sant Cugat que compartía con otros chicos de la academia, Pedro empezó una gira de Futures por Italia donde viaja solo y sin entrenador. En el primer torneo alcanzó los cuartos, luego semifinales, y durante el tercero, ganó el single y doble.

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Mientras el auto se desplaza en la Ruta Nacional 9, su padre cuenta que a pesar de viajar solo, Pedrito tiene el apoyo constante de sus entrenadores: Alex Corretja y Enric Molina que aprovechan la tecnología para comunicarse. Bn3MZAUCQAAOZQz
Cachin y Corretja viendo la definción de la liga española entre Barcelona y Atlético de Madrid.

Llegar al kilómetro 500 de la ruta significa entrar en tierras bellvillenses, una ciudad ubicada estratégicamente: a 200 km de Córdoba y también a 200 de Rosario. Como para seguir exhibiendo la manera en la que se vive en el interior cordobés, luego de que Pedro Pablo Cachin trabaje es hora de visitar a sus amigos. El partido entre Ghana y Alemania es una excelente excusa. Al estacionar el auto en la puerta de la casa de Guillermo y Rosa, un matrimonio cincuentón, Pedro Pablo Cachin se acerca a la puerta y como un acto habitual empuja el picaporte que da a la calle y entra.  En la mayoría de las casas de Bell Ville se vive sin dar vuelta a la llave y sin el fantasma de la inseguridad, algo corriente en las grandes ciudades argentinas. Ya adentro, unos ferné (¿) le hacen honor a la provincia.
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Durante la charla con Guillermo, Rosa y Pedro, lo primero siempre es cómo salió Pedrito. Guilllermo, que trabaja en una empresa de servicios de electricidad, estuvo siguiendo la definición del Future italiano mediante los resultados en vivo que brinda la ITF. Al mismo tiempo, Rosa, quien trabaja como maestra en una escuela de chicos con capacidades diferentes, recuerda cuando su hijo jugaba al mini tenis con Pedrito, en el patio de su casa. De hecho, el hijo, que está comiendo con amigos luego del partido de Argentina, llama a sus padres y estos le cuentan que Pedrito ganó y él mismo vuelve a recordar la anécdota del pasado.

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Mientras alemanes y ghaneses juegan un verdadero partidazo, las curiosidades y orgullos de Bell Ville salen a la luz. En la ciudad de 30.000 habitantes se creó la primera pelota de fútbol sin tiento (balón de costura y con pico invisible), que más tarde sería usada en el Mundial de Italia 1934, pero que por no registrarla, el invento perdió los derechos de sus creadores. También es la ciudad de donde salieron los futbolistas Hernán Barcos, el ex Independiente Sergio Merlini y Mario Alberto Kempes, goleador del Mundial 1978. Además, entre las curiosidades de la ciudad, el Club Atlético River Plate de Bell Ville, conocido por su campeonato mundial de bochas de 1957 (?), tiene como escudo el de Boca y con los respectivos colores del Xeneize, linda mezcolanza (?). Villa María y Bell Ville
Dos pelotas que lucen en la vidriera de trofeos del club Bell.

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La prueba…
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Un lugar muy significativo en la vida de Pedro Cachin es el Club Bell, donde entrenó hasta los 12 años cuando decidió continuar su aprendizaje tenístico en el Sport Social Club de Villa María. “No vas a ver una rama tirada, todo pintado”, anticipa el padre de Pedro antes de llegar al club. Finalmente es así, las instalaciones están impecables y en cada paso el recuerdo de la familia aparece. En las canchas de polvo de ladrillo se rememoran los primeros golpes de su hijo, y en una de las tribunas del estadio de fútbol el árbol genealógico de Cachin también se presenta. Ésta tribuna lleva el nombre del abuelo materno de Pedrito, Eduardo Tossolini, que donó todo su dinero para que la construyan. En Bell Ville todo tiene historia, identidad y compromiso.IMG_5335 IMG_5339IMG_5341
Las canchas del Club Bell.

En este improvisado city tour, el lugar más emblemático en la recorrida de la ciudad de Pedrito espera hasta el final. En el cuarto del tenista argentino, una larga repisa sirve de exhibidor de los numerosos trofeos que consiguió. Éstos lucen impecables, brillosos, limpios y sin un poquito de polvo a pesar que el cuarto no es usado por Pedro desde hace unos meses. La misma señora que se encarga de la limpieza del hogar dedica un tiempo semanal para que todo luzca inmaculado.
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Siete años atrás y cuando en esa misma repisa todavía estaba vacía o tal vez sin colocar, Pedro Pablo Cachin le decía a su esposa luego de volver de un torneo Sub 12 en Santiago del Estero: “Creo que tenemos un campeón”.