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El regreso fue arriba de un camión

16 Nov

La espera en la ostentosa (?) terminal de ómnibus de la ciudad de Azul no es habitual. El micro de la empresa Plusmar  (obviamente no es PNT) debería haber llegado hace diez minutos. La impuntualidad, una recurrente cualidad en los argentinos, llamativamente no es un hábito en los micros de larga distancia. Impaciente, me dirijo a la oficina de la compañía que tenía que recorrer 300 kilómetros para llevarme de vuelta a la Ciudad de Buenos Aires, luego de cubrir la 19° etapa del Tour Profesional de la Asociación Argentina de Tenis celebrado en el Club de Remo de Azul.

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– Disculpame, ¿sabés qué pasó con el Plusmar de las 15:20 que va a Retiro?
– Hoy no sale ningún Plusmar – responde el cincuentón hombre desde atrás de la ventanilla.
– Mirá, te muestro el ticket.
– Ah, sí, te lo imprimieron mal. El tuyo se fue hace diez minutos. Era el violeta, el Jet Mar. Se equivocó la empresa de interné, pibe.
– ¿Y cómo lo podemos solucionar?
– No es nuestra responsabilidad.

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La Catedral de Azul.

Haciendo malabares al cargar una mochila, un bolso donde está mi ropa, un diario La Nación que lucía la trágica tapa de los atentados en Francia y una botella de agua recalentada, me acerco a otra ventanilla. Allí me explican que, en estos casos, la única forma de alcanzar al bendito micro violeta es tomarse un remis hasta el peaje de Parish, pueblito ubicado a 40 kilómetros de Azul. Ellos, haciéndome una gauchada y nunca asumiendo el error, llamarían a la oficina del peaje para que le comuniquen al chofer del ómnibus que un pasajero estaba en camino y que lo esperaran diez minutos.

“Dale, pibe, metele que no llegás”, fue el amistoso y motivador consejo del azuleño. A metros de distancia, un destartalado y abollado Renault 12 plateado me esperaba. Ofuscado por el pensamiento lateral de por qué La Nación hace su periódico tan grande, le explico la situación al remisero. Sentado en una silla que dejaba ver los pedazos de goma espuma amarilla, el canoso hombre argumentaba que a más de 90 kilómetros por hora no podía ir.  Puteo, pero vislumbro la llegada de un modernoso Volkswagen y no dudo un segundo en romper el acuerdo con el dueño del obsoleto auto.

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A 130 kilómetros por hora, la denominada Ruta Nacional (de la muerte) N°3 es el lugar propicio para entablar una amistad con Pucho. El intrépido remisero tiene 73 años. Durante 36 trabajó como camionero. A los 55, cuando se jubiló, decidió comprarse un remo, como él llama a su herramienta de trabajo, para acompañar el ingreso de su jubilación. La ruta es su terreno y lo conoce a la perfección. Escondiendo su mirada detrás de unos oscuros anteojos de sol, Pucho escucha con atención mi historia y también cuenta la suya. Pasaron veinte minutos y después de una curva cerrada veremos el peaje y al bendito micro violeta. Yo no lo encuentro. Pucho tampoco. El ómnibus no está. Jamás esperó.

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Con el auto aún en movimiento apoyo mi pie derecho en el caluroso asfalto. La rueda trasera derecha del remo de Pucho sigue girando e impacta en mi tobillo. Por suerte se detiene y no lo aplasta. Algo preocupado, pero con la aspiración de alcanzar el micro, cruzo la ruta y camino al trotecito hasta la oficina. Explico la situación. Un empleado que lucía un chaleco amarillo me comunica que ellos le avisaron, pero el chofer no esperó. “Capaz nos dijeron mal el número de coche”, explica. Decidido a aclarar los tantos, Pucho baja de su Volkwagen. El empleado, fluorescente por su vestimenta, lo reconoce y ambos se abrazan. Son vecinos. Viven a la vuelta.

– Pucho, ¿sabés qué podemos hacer? Llamo a la policía caminera de Cacharí y le digo que frenen a este micro violeta y que te esperen – explica el del peaje señalándome, mientras llama al puesto de control montado a 18 kilómetros de distancia.
– Gracias, querido. Vamos, pibe. Subí adelante – me dice con tono de abuelo que le da una nueva libertad al nieto.

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A toda máquina seguimos abriendo camino. Sobrepasamos varios camiones y autos hasta que llegamos a otra curva que decidirá mi suerte, si es que, a esa altura, podemos aseverar la existencia de la misma. Un frondoso bosque impide ver al puesto de control de la pequeña localidad bonaerense. Al pasar el conjunto de árboles no evidenciamos ningún rastro de un ómnibus violeta. El micro no está y, a esa altura de la tarde, ya no sé qué hacer.

Pucho toma el mando de la situación. Me indica que espere en el auto. Él baja a charlar con los uniformados (?). Unos pocos minutos después vuelve y me explica mis dos posibilidades. Una es volver a Azul y tomarme el próximo micro que pasa a las ocho de la noche y es el denominado “lechero”, es decir, aquel que se detiene en todos los pueblos a subir y bajar pasajeros. La otra opción es que los policías me consigan un alma caritativa que me acerque a destino. Mientras evalúo la alternativa de subir al auto o camión de un desconocido, por el rabillo del ojo observo que los policías ya estaban deteniendo el tránsito.

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En el puesto de control de Cacharí.

“Vos ya sabés donde encontrarme. Estoy todos los días en la terminal. Cuando vuelvas a cubrir un torneo de tenis nos comemos un asado”, me dice Pucho y nos abrazamos brevemente. Con el bolso, la mochila, el diario La Nación y el agüita en mano espero al costado de la ruta. Después de tres negativas, el cuarto camión frena en la banquina. Al trotecito me pongo a la par, saludo desde lejos a los caritativos “canas” y abro la puerta del enorme Ford Cargo blanco. A Capital Federal volveremos a dedo.

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La espera en el remis.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………- Soy Hernán y ¿vos?
– Julián, ¿cómo va? Gracias por llevarme, viejo.

Hernán tiene 30 años y es de Moreno, localidad del oeste bonaerense. Después de unos minutos de charla, me doy cuenta lo prejuicioso que he sido con el rubro de los camioneros a los que erróneamente había imaginado y catalogado. Hernán, que mensualmente hace 17.000 kilómetros y trabaja dieciséis horas por día, no se come las eses, no putea, su vocabulario es amplio y, por lo que enamoradamente cuenta, no engaña a su mujer. La conversación fluye. Durante las tres horas de viaje recorreremos los detalles de su mundo: desconocido e impensado para mí.

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Hernán y una tarde soleada.

El modernoso camión que en once meses de vida caminó 164.000 kilómetros, todos los días realiza el mismo recorrido en el cual lleva 30.0000 kilos de piedra.  De Moreno a Olavarría. 700 kilómetros diarios para ir a buscar piedra a la principal cantera de la ciudad situada en el centro de la Provincia de Buenos Aires. La rutina podría volver loco a cualquiera, pero a él, su trabajo le encanta. “Te tiene que gustar, sino fuiste. Son dieciséis horas viajando por día. Arriba del camión no tenés vida, pero para mí, la vida es esto”, me cuenta mientras maneja y ceba unos mates dulces. “Me gustan los fierros, la calle y ésto es la calle… Ni en pedo podría estar en una oficina. De hecho, muchas veces no vuelvo a casa por tres días”, explica Hernán.

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=nK56lqASKtA&feature=youtu.be]

Desde los quince años que está arriba de un camión. Primero fue ayudante de su primo, después empezó a hacer algunos viajes como chofer. En el 2003 se compró su primer truck, un rastrojero que no tenía ni motor, pero que, dándose un poco de maña, lo pudo arreglar. A partir de ahí siempre fue progresando e invirtiendo en un mejor vehículo. Desde enero, cuando financió el Ford Cargo, él  es su propio jefe. Eso lo hace feliz.

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En nuestro trayecto, Hernán analiza su vida conmigo, como si fuese su psicólogo. Por mi parte aprovecho a hacer lo mismo. Ambos sacamos conclusiones, hasta que un camión nos pasa a toda velocidad por el carril contrario y por poco no choca con otro que venía de frente (está filmado en el video). “Esto pasa tres veces por día”, dice y me explica por qué la Ruta Nacional N°3 es denominada la “ruta de la muerte”.

La mayoría de los pesados vehículos que transitan la autovía cargan miles de kilos de piedra o cemento. Muchos de los choferes, por hacer unos “mangos” más, se exceden de los 45.000 kilos que cada camión tiene permitido. El sobrepeso erosiona la uniformidad del asfalto, lo que genera desniveles, un potencial causante de accidentes. Además, para no dañar “la máquina”, los choferes van más despacio  y, de esa forma, es imposible para los autos pasar los incontables camiones que se acumulan. En el afán por conseguirlo, los cálculos en las distancias fallan.

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Dejando atrás todas las (muchas irreproducibles) anécdotas, el atardecer sirve de despedida. Llegamos a la rotonda de Cañuelas, donde mi hermano me pasará a buscar por una estación de servicio. El saludo promete un nuevo encuentro. Sin embargo, a la historia le queda un breve capítulo más.

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Al bajar del altísimo camión que reemplazó al micro violeta, a unos metros de distancia las luces y la música dominan la escena. “¿Qué pasa acá?”, le pregunto al playero, que me explica que hoy es la “Fiesta del Dulce de Leche”. Sin lugar para la sorpresa espero al costado de la puerta del bar. Aún con el diario en mano, un fornido hombre entra y se sienta a tomar un café. Su cara me es conocida. Me acerco, lo miro con detenimiento y confirmo las sospechas. Estoy frente al “Rey de la Carne”. El mediático Alberto Samid, reconocido empresario frigorífico, quiere cerrar el diario de viaje. A esta altura de la tarde, lo único que pido es que llegue mi hermano y, sobre todo, que no aparezca Mauro Viale (?).

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Samid y una toma digna de un paparazzi.

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La selfie de despedida.

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Volver al futuro del tenis

22 Oct

Subiendo a la ola retro de la afamada trilogía cinematográfica de “Volver al Futuro”, aprovechamos la conmemorativa fecha en la cual el profesor Emmett Brown (Christopher Lloyd) y Marty McFly (Michael J. Fox) viajaban 30 años al futuro. A bordo del mítico auto DeLorean, que funcionaba como máquina de tiempo, el excéntrico “Doc” y el multifacético McFly arribaban al 21 de octubre de 2015 con el objetivo de cambiar algunos hechos determinantes en la “futura” vida de los hijos de Marty. En cuanto al tenis, en 1985, año en el cual se encontraban los protagonistas de este film, Ivan Lendl lideraba el ranking; mientras que a nivel local, Martín Jaite era la raqueta número uno de Argentina y Gabriela Sabatini ganaba su primer título WTA. Con aires de nerds oportunistas (?), en EfectoTenis proponemos hacer un viaje en el tiempo. Algunos jugadores de esa época retroceden en el calendario para imaginar el presente. Vamos, Doc, arranque el DeLorean que hoy peloteamos con el pasado.

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Autos y skates voladores, zapatillas que ajustan sus cordones automáticamente, mini pizzas que se convierten en grandes de muzzarella fueron algunos de los presagios que finalmente no se cumplieron en la segunda película de “Back to the Future”. Robert Zemeckis, director del largometraje estrenado en 1989, acertó en muchos de los adelantos, pero en otros su imaginación voló más alto que la tecnología. Si el creativo Zemeckis hubiera elegido como parámetro al tenis, ¿habría vaticinado este presente? No lo sabremos.

El uso de la tecnología para verificar los piques a través del ojo de halcón, las avanzadas raquetas que recogen las estadísticas de los golpes, el techo retráctil y la luz artificial en el Court Central de Wimbledon, un Top-Five japonés como Kei Nishikori, los pantalones capri de Rafael Nadal (?) (ahora antiguos) o la rapidez con la cual se juega parece algo normal, pero treinta años atrás quién lo hubiese pensado. Marty McFly y el “Doc” Brown estuvieron ahí, o mejor dicho aquí, ahora, pero evidentemente tenían cosas más importantes que ponerse a ver cómo la pequeña pelota amarilla pasaba la red.

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Federer y el ojo de halcón.

Por aquel entonces, a nivel mundial, el tenis era liderado por el checo nacionalizado estadounidense, Ivan Lendl, que durante 1985 ganaría 11 títulos ATP, incluído el Abierto de los Estados Unidos y el Masters de fin de año. A nivel nacional, Guillermo Vilas y José Luis Clerc habían transitado sus grandes momentos de gloria y el recambio generacional abría una nueva era: la “post- Vilas”. El líder de esta camada fue Martín Jaite, actual director del Argentina Open, que llegó a ser 10° del mundo en 1990. Por 1985, aquel ruliento Jaite terminaría la temporada como número uno de Argentina y 20° del ranking ATP.

En la rama femenina, Martina Navratilova y Chris Evert dominaban el circuito. También en 1985, Gabriela Sabatini, con tan solo 15 años, conseguiría su primer título WTA, el 18 de octubre, en Tokio, Japón. Además finalizaría la temporada como 12° del mundo, todavía siendo una adolescente.

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Otro de los argentinos que despuntaba en aquella década, era Javier Frana, quien terminaría 30° del ranking ATP en 1995. Según el medallista olímpico en Barcelona 1992, durante aquellos años existían notables diferencias entre los jugadores de cancha rápida y los de lentas. El tour daba lugar a la aparición de especialistas en una superficie. En el presente, la mayoría de los Top 100 son tenistas versátiles, que se adaptan al suelo donde les toca apoyar sus zapatillas. “Por 1985, aquellos que tenían mucha visión empezaban a descubrir que con un solo golpe no iba a ser suficiente. En aquella época, tal vez los jugadores se caracterizaban por tener un golpe determinante, ya sea el saque o el drive. Coincidía con una etapa donde las superficies y la forma de jugar estaban muy marcadas. Eran extremadamente rápidas o más lentas sobre polvo de ladrillo. La poca tecnología de aquel momento hacía que las pelotas sean más pesadas y no podían neutralizar la humedad del ambiente o del ladrillo. Todo se hacía más lento. Era un circuito mucho más marcado, estaba el de cancha lenta y el de cancha rápida. Era muy distinto. En un cuadro sabías que tenías jugadores que en polvo de ladrillo no podían ni caminar porque se tropezaban; en cancha rápida había tenistas que la tenían que parar con la mano porque no podían jugar en superficies tan veloces. Eso se fue achicando”, le dice Frana a EfectoTenis.

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El encargado de avispar al actual comentarista de la cadena televisiva ESPN fue su entrenador de aquel entonces, Jorge “Chino” Gerosi, quien percibió un futuro más veloz y físico. “Él veía que la clave pasaba por manejar las superficies más rápidas, y que la parte física también iba a ser un factor determinante. Creo que no se disparó tanto como se podía llegar a pensar, se creía que la potencia iba a ser excluyente y aquellos que pegasen más fuerte iban a tener una ventaja insalvable con el resto, algo que después, afortunadamente, no terminó pasando de una manera tan marcada”, manifiesta el analítico y siempre didáctico Frana.

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Mano a mano con “Su Majestad”. ¿Hubiese imaginado entrevistar al mayor ganador de Grand Slam de la historia?

Como mencionamos anteriormente, el gran hito de su carrera ocurrió en los Juegos Olímpicos de Barcelona, celebrados en 1992. En la multicultural ciudad española conseguiría la medalla de bronce en dobles, junto a Christian Miniussi. Justamente Minu, mano derecha de Jaite en  la organización del ATP de Buenos Aires, opinó sobre estas modificaciones: “Se ha hablado mucho de cuánto cambió la velocidad del juego, que el tenis es mucho más físico que táctico, que se juega mucho más rápido y es difícil ir a volear por la velocidad que te impide definir el punto en la red. Otro de los aspectos que ha cambiado considerablemente es la devolución del saque”.

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Frana y Miniussi de bronce.

Emulando a Michael J. Fox, Frana no se achica y también decide tomarse la licencia de viajar en el tiempo. Si hubiera estado a bordo del DeLorean en aquel 1985, el santafesino de 48 años no habría tomado nada material, pero sí la sabiduría construida en este período: “Por sobre todas las cosas, lo único que podría llegar a traer, tenísticamente hablando, es la sabiduría que se va ganando con los años, el entendimiento del juego, que después te hace madurar y crecer. Básicamente hubiese agarrado eso y no tanto las cuestiones técnicas. La sabiduría que vas logrando con los años y con los errores que te van permitiendo la evolución. En este caso, el que se equivoca menos y quien se adelanta más a los problemas o a la búsqueda de las soluciones saca una ventaja”. Mientras que en relación a la vida cotidiana agrega: “En el día a día, todo tiene más que ver con la sabiduría que con otras cuestiones. Afortunadamente, uno ha tenido una vida muy buena, pero a la vez muy terrenal, fácil, tangible y alejada de excentricidades y con cosas que poco tienen que ver con las raíces de uno”.

El famoso 21 de octubre de 2015 finalmente llegó. El pasaje que nos vendieron en “Volver al futuro” ya caducó. El tren ya pasó y el futuro se convirtió en pasado. El presente es todavía más sorprendente que el exhibido en Hill Valley. La realidad supera a la ficción, así dicen.

EL MOTIVADOR MENSAJE DEL DOC

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Amanecer diez años atrás

13 Oct

Amanecer con la pulsión de escribir es algo que hay aprovechar. Aún con los ojos hinchados y lagañosos, llamativamente la mente está llena de creatividad. Las ideas están acomodadas: párrafo por párrafo, oración por oración. Desenredarse de las todavía tibias sabanas que me arroparon durante cinco horas de profundo sueño es el desafío para alcanzar la computadora. Por suerte está cargada. Son las primeras horas de un feriado -día hecho para darle forma al colchón y a la almohada- y todo ocurrirá desde la cama, que mantiene la temperatura perfecta.

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Escribo y la mañana se asemeja muchísimo a las que experimentaba diez años atrás. La memoria emotiva está a flor de piel. Hoy, mi mente es un cajón de recuerdos que encontró la llave para dar rienda suelta a los ahora popularmente conocidos throwbacks.

Como decía, este vespertino momento es un calco de cuando, a los 11 años, me levantaba a ver la televisación satelital de un torneo de tenis que a muy pocos le interesaba. Desde latitudes completamente diferentes, jugadores poco conocidos eran mis compañeros de sillón. La voz y los conceptos del periodista Guillermo Salatino me mantenían alerta, mientras una lágrima hecha con Maltifé (nunca más suave e inocuo) inundaba mi infantil e inexpirementado paladar.

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Dejando en un segundo plano el análisis de la extraña situación que recordaba, la intuición me movilizó. Bajé a la cocina e intenté recrear esa rutina del pasado que tanto había disfrutado en la pubertad. Pero, rápidamente, la tecnología me cacheteó un par de oportunidades y me trajo otra vez al presente.

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El 29 pulgadas, ahora disponible en Mercado Libre.

El agua para mi Maltifé (ahora un masculino cortado y con verdadera cafeína) es hervida por una pava eléctrica que no chifla, no necesita gas, ni tampoco un fósforo. El ancho televisor 29 pulgadas que pesaba una tonelada no está. Fue sustituido por un delgadísimo LCD de ¡42! pulgadas que reproduce imágenes en alta definición. El diario todavía está, pero ahora mi infaltable compañero es el smartphone que no deja de vibrar para notificarme todo lo que ocurre en la esfera virtual que me rodea. Salatino, ajeno al paso del tiempo, sigue del otro lado, pero sus conceptos ya no me sorprenden demasiado. Las cosas han cambiado o no tanto. Sigo siendo un fanático del tenis, pero ahora menos pasional y más analítico. A pesar de todos los anclajes con esta nueva era, el dejavú lucha y continúa unos minutos más. Dejalo un rato, total nadie se dió cuenta.

NUEVA SECCIÓN

Sin otra razón que la satisfacción personal emprendemos esta nueva sección en EfectoTenis que traerá al presente momentos del pasado. A partir de disparadores gratamente impredecibles abriremos el raquetero de los recuerdos, donde las memorias del tenis están en movimiento.

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Las mellizas colombianas

6 Oct

A simple vista ya hay algo extraño. Ellas dos son idénticas. Resulta imposible saber cuál es cuál. La ropa es la misma, sus cuerpos y rostros pareces clonados, e incluso sus gritos de arenga tienen el mismo calibre de voz. “Vamos Manita”, le dice una a la otra. No podía ser de otra manera, éstas chicas son mellizas y no intentan diferenciarse en absoluto. En el partido de dobles por los cuartos de final del Women’s Circuit de San Carlos Centro, las hermanas colombianas Pérez García no pasan desapercibidas. María Paulina y Paula Andrea (sí, hasta los nombres son similares) explican cómo es ser mellizas y compañeras de circuito al mismo tiempo. Un mundo muy peculiar donde difícilmente una pudiera vivir sin la otra.

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María Paulina (arriba) y Paula Andrea.

“Mira, ella tiene piercing, un lunar y pelo rubio”, dice María Paulina, que intenta explicar las grandes (?) diferencias físicas que existen entre una y otra. A pesar de que están calcadas a causa de los misterios de la genética, en la personalidad dicen ser muy diferentes. “Ella (Paula Andrea) es más entrona, más arriesgada, más todo. Yo soy más seria. Ella es la que hace los amigos y después yo me meto”, aclara María Paulina, la melliza más grande, que le lleva tan solo sesenta segundos de adultez. “Ella es la que manda con la plata, la que dice qué hacer y cómo se hace. Esa es María Paulina”, responde Paula Andrea, la menor. “Yo soy la más grande, pero ella siempre es la mandona. Cuando se trata de responsabilidades me toca a mí”, remata la mana –abreviatura de hermana, come ellas se apodan- “responsable” sobre la autodenominada “loquita”. Si están mareados con los nombres, ésto recién empieza (?).

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Ambas tienen 19 años y son de Barranquilla, Colombia. María Paulina es 850°del ranking WTA, Paula Andrea 1249° del mundo y como profesionales obtuvieron dos títulos de doble juntas. El comienzo de esta particular historia de hermanas tenistas fue un tanto fortuito. Ninguno de sus padres esperaba dos criaturas en el vientre de su madre, la habitación solo estaba preparada para una. Las mellis fueron una sorpresa. “Ellos ni sabían. Pensaban que era una. En un accidente, mi mami se chocó la barriga. Entonces fueron al médico y mi papá se desmayó cuando se enteró que eran dos”, relata Paula Andrea. Y sin tomar un respiro continúa: “Somos el segundo matrimonio de los dos. La primera esposa de mi papá no podía tener hijos y le echaban la culpa a él diciendo que era infértil. Después se casó con mi mamá y no le creían que eran sus hijos, pero salimos exactamente igual a mi papá”.

Como es habitual entre hermanos, las peleas son diarias. Obviando este inevitable inconveniente, la compañía de un familiar durante el masacrante circuito tenístico es un beneficio con el que muy pocos cuentan. Una excelente oportunidad para combatir la soledad. “Peleamos todo el día, por estupideces, pero lo importante, como viajamos juntas no estamos solas. Por lo general, la mayoría de las chicas viajan sin compañía. A pesar que peleamos yo la tengo a ella y sé que va a estar ahí siempre”, manifiesta María Paulina, que junto a su hermana entrena en Cali, donde el “deporte blanco” está más desarrollado que en su natal Barranquilla.

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María Paulina al saque.

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El revés de Paula Andrea.

No obstante, a la hora de competir juntas en el doble, las trifulcas no aminoran. Jugar en una misma cancha y al lado de tu hermana significa tener el permiso de decirle cualquier cosa, de no guardarte nada. La sinceridad en un espacio donde se requiere una extrema concentración no es para nada recomendable.

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En 2014, campeonas de un Women’s Circuit disputado en Quito.

EfectoTenis: – ¿Cuando juegan juntas se pelean?

Paula Andrea: – Ayer jugamos muy mal. Yo jugué muy mal. Todavía estaba un poquito quemada y ella me decía ‘meté la pelota’. Yo le respondía, ‘marica, intento meter la pelota, pero estoy bloqueada. No puedo hacer nada’. Como que se frustró un poquito y más porque sabe que me puede decir las cosas.

María Paulina: – Ese es el problema. Tú cuando juegas con otra persona no le dices las cosas de frente, en cambio, como es mi hermana, le dices de todo.

Paula Andrea: – Uno no se alcanza a medir, entonces como que terminás hiriendo a la otra.

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EfectoTenis: – ¿Cuándo termina el partido se acaba la pelea?

Ambas: – No

Paula Andrea: – Ella sale por un lado y yo por el otro. ‘¿Pero Paulina porque estas caminando más adelante?’, le digo. ‘No estoy brava, pero tampoco quiero hablar’, me dijo. Pues vete.

María Paulina: – Es que estamos todo el día juntas – interviene – Jugamos el dobles juntas, dormimos en la misma cama, perdemos y tenemos que vernos.

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Más allá de las disputas on court, su fuerte unión es aquello que delinea su relación donde desborda la simpatía y frescura. Como dignas (?) hermanas mellizas, las travesuras en el cambio de identidad no escasean. A pesar de no haber compartido novio o haber falsificado un examen de matemática, las manas Pérez García aprovecharon el similar timbre de sus voces para intercambiar los roles. “Lo más lindo que hicimos fue por teléfono porque la voz se nos parece muchísimo. A veces la llamaba el ex de ella y contestaba yo”, cuenta con entusiasmo Paula Andrea. “Le decía ‘Hola, mi amor, ¿cómo estás? ‘, pensando que era mi hermana, pero no se daba cuenta. Y le digo, ‘Estúpido, soy Paula, no la Paulina. Del colegio nunca hicimos porque empezamos desde chiquiticas y nos diferenciaban”.

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Misma ropa y misma pose.

Cerrando el interrogatorio, EfectoTenis hizo valer la tenacidad periodística que tanto lo caracteriza (?). Finalmente, María Paulina y Paula Andrea no compartieron a ninguno de sus enamorados, pero sí lo hicieron en momentos diferentes. “Sí compartimos, pero no al mismo tiempo, cálmate”, aclara la menor de las colombianas. Mientras que María Paulina arremete: “Yo nunca me he metido con un hombre de ella, pero ella sí con tres míos. Te das cuenta la diferencia de respeto y seriedad”. La discusión sobre las menudencias del asunto emerge y el temor de haber desatado una nueva controversia moviliza a su fiel servidor. Sin embargo, ambas concluyen la discusión sabiamente. “No nos vamos a poner a pelear por esas estupideces porque no estamos con ninguno de ellos”.

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Matías Zukas: de Kenia a gritar campeón en su casa

21 Sep

Diez meses antes de ganar el título en el club que lo vio golpear una pelotita de tenis por primera vez en su vida, Matías Zukas transpiraba y transpiraba en la calurosa Mombasa. En diciembre de 2014, el santafesino de 19 años, flamante campeón del Future celebrado en la capital de su provincia, realizaba una intensa pretemporada en Kenia. Tres semanas en tierras africanas significaron una experiencia que mejoró su físico, pero que fortaleció aún más su mente.

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Zukas y el atardecer en el Jockey Club.

En las canchas del Jockey Club de Santa Fe, Matías Zukas grita campeón. En realidad casi no emite una palabra durante el festejo. Simplemente señala una de sus sienes con el dedo índice de su mano izquierda y mira a los suyos. Es su segundo título como profesional y por primera vez logra coronarse en su país. Lo hizo en su ciudad, junto a su gente. Ni la semifinal de la Copa Davis entre Argentina y Bélgica fue un impedimento para que sus allegados decidieran acompañarlo en el court número 3. Para ellos nada era más importante que alentar al Mati en su tarde soñada.

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Luego de vencer en la final al brasileño Joao Sorgi por 3-6, 6-1 y 6-3 sería turno de los saludos a sus familiares y conocidos, las fotos, la premiación y algunas entrevistas con los medios que se acercaron. Todo esto parecía superarlo a Zukas que se movía con vergüenza y timidez, pero al mismo tiempo, con una gran emoción. “Estoy muy contento, ganar en mi ciudad y ante mi gente es algo muy lindo y trataré de disfrutarlo rapidamente, ya que mañana viajo a La Rioja a disputar otro torneo”, decía el actual 734° ATP, quien hasta hace unos meses convivía con las insalubres temperaturas de Kenia. Pero, ¿cómo terminó entrenando en el continente negro?

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Dirk Hordoff. Ése es el nombre propio que explica semejante travesía. Durante 2014, en Roland Garros, cuando Zukas aún era junior, comenzó el contacto con el entrenador alemán y actual manager de tenis.  La semana siguiente a Roland Garros, en el torneo de Offenbach, el ex 14° del ranking ITF ganó el prestigioso certamen para jugadores menores de 18 años. En Wimbledon, Dirk le demostró su interés, quería que el argentino sea uno de los tantos tenistas que representa.  En el US Open cerraron el contrato.

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Zukas y el título en Offenbach donde superó al argentino nacionalizado italiano, Francisco Bahamonde.

La empresa de representación de Hordoff es co-dirigida por dos personalidades de este deporte. Uno es su pupilo y socio, el serbio Janko Tipsarevic; el otro, el ex 5° del mundo y medallista de plata en Atenas 2004, el alemán  Rainer Schüttler. “Cuando vas a Europa tenés lugar y gente para entrenar. Él (Dirk) te maneja todas las cosas. Además de lo económico te consigue invitaciones para los torneos y te ayuda a hacer la pretemporada”, cuenta Zukas refiriéndose a los beneficios de esta asociación que pide a cambio un porcentaje de las ganancias que obtenga el argentino, principalmente cuando se inserte en el mundo Challenger y ATP.

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Hordoff, ¿parecido a Frank Underwood?

Una de las ventajas de esta sociedad es una intensa pretemporada que incluye tres semanas en Kenia y dos más en Doha, capital de Catar. Sitios dispares en los aspectos socio-económicos, pero similares en lo que respecta al clima, donde las temperaturas son extremas, un factor fundamental para encarar el inicio de temporada que comienza en la sofocante Australia.

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LA VIDA EN KENIA

“Fui de un extremo al otro. De ver la gente caminando que llevaba las cosas apoyadas en la cabeza a ir a Doha que es una fantasía donde todo es hotel cinco estrellas”, señala Zukas con el atardecer santafesino de fondo. “Es como se ve en las películas. La mayoría van caminando, las casas son como de barro, chozas. La gente re buena onda. Ibas por la calle y todos te saludaban. Es una zona de extranjeros, pero la gente de ahí es lo mejor, siempre están con una sonrisa”, recuerda el argentino que no tuvo demasiadas oportunidades para ver lo que ocurría fuera de la burbuja del entrenamiento de alta competencia.

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“Fue bastante duro. Primero por el lugar que está aislado de todo, no hay nada. Solo las canchas, la casa, la playa y nada más. También por la exigencia de entrenar con profesionales, con jugadores Top 100. Muy duro, pero lindo”, comenta Zukas, que este año compartió estadía con el serbio Dusan Lajovic (96°) y el alemán Philip Petzchner (35° ATP en 2009).

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Como indicaba el reciente campeón del Future de Santa Fe, en África todos convivían en un mismo predio que contaba con todas las facilidades. “Digamos que es como un quinta grande que tiene tres casas”, dice. En una de ellas vive el encargado, un amigo de Dirk, que está seis meses al año y mantiene las instalaciones. En las otras dos se dividen los jugadores y los empleados keniatas que están atentos a cualquier requerimiento de los tenistas. “Hay varios chicos que laburan ahí, que se encargan del jardín, de regar las canchas, de ir a comprar la comida para preparar el desayuno, almuerzo y cena. Todo el tiempo hay gente sirviéndote para ver si querés algo o no. Todo lo hacen ellos”, aclara en referencia al servicio de los empleados que trabajaban en el caserón Hordoff.

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“A las 9 de la mañana hacíamos una entrada en calor que era como físico, porque eran cuarenta minutos donde hacíamos todo lo que te imagines. Después, dos horas de tenis, comías y tenías un ratito para dormir. A las dos, tres de la tarde arrancabas de nuevo: una entrada en calor muy dura, tenis y físico”, relata con puntillosidad Zukas, que durante esos días trabajaba con el preparador físico de Tommy Haas.

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Atardecer en Mombasa.

A pesar de la alta exigencia física, la mayor dificultad está en soportar mentalmente el aislamiento. “No hay otra cosa que no sea tenis. Es duro porque no tenés nada para hacer, solamente entrenar, comer y dormir. No tenés lugares para visitar, comer o andar. Es solo éso. Duro, pero ayuda en lo mental”, señala Zukas, que hace unos meses también estuvo jugando los interclubes en Alemania, otra prueba de carácter en su camino a establecerse como tenista profesional.

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Durante la última semana, la rutina fue atípica. El contacto con los afectos fue muy diferente al de los meses anteriores. Las charlas no eran por Skype ni por Whatsapp, la tecnología solo sirvió para coordinar los horarios de reunión en el Jockey Club. En Santa Fe, Zukas vivió jornadas distintas que culminaron con un inolvidable título en su tierra.

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Keep walking, @matizukas . #FutureSantaFe

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LA VISIÓN DE SU COACH, DAMIÁN PATRIARCA

Luego de terminar su relación laboral con Juan Mónaco, Damián Patriarca decidió que era momento de alejarse del tenis por un tiempo. Estaba cansado. Por eso, después de esa temporada 2013 en la cual trabajó con el ex Top-10, el paranaense se apartó de los aeropuertos para vivir con su novia en Acapulco, donde dirigía algunas escuelitas de tenis. Desde hace un mes trabaja con Zukas, a quien había ayudado el año pasado durante algunas semanas.

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“Es un jugador con mucha proyección, muy habilidoso e inteligente dentro de la cancha, algo que no es tan común en estos momentos donde todo es más físico y de potencia. Está en sus primeros pasos como profesional y hay que aceitar un poco la parte física y mental. Estoy contento por estas primeras semanas y con todas las expectativas para lo que sigue”, dice Damiían Patriarca, ex coach de Juan Mónaco.

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En Misiones, la suerte es chilena

31 Ago

– Che, ¿viste al chileno?
– Sí, ¿qué pasa?
– El viejo ganó la lotería.
– Me estás jodiendo, ¿de verdad?
– Sí, dicen que dos veces.

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Durante los dos días de cobertura de EfectoTenis en Posadas, esta conversación fue recurrente. En los pasillos del Itapúa Tenis Club circulaba el rumor que el padre del chileno Michel Vernier había ganado la lotería. Algunos decían que una vez, a otros les había llegado el dato que la suerte había aparecido en dos oportunidades. ¿Mito o verdad? Develemos el misterio (?).

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“Eso es lo que dicen”; “Sí estoy seguro, viejo”, eran otros de los testimonios que recorrerían las instalaciones del céntrico club misionero. Sin embargo, este secreto a voces nunca había sido chequeado por los integrantes del mundo del tenis. Nadie se había animado a preguntarle al oriundo de Santiago de Chile, pero todos daban por sentado que los Vernier tenían la fórmula para ganar el Quini (?).

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“No sé quién habrá inventado eso. Lo vengo escuchando hace cuatro años. En Chile arrancaron. No sé a raíz de qué. Obviamente, cero. De lo contrario estaría jugando en Europa sin importarme nada. De tanto que lo dicen, ojalá me la pudiera ganar”, le dice a EfectoTenis Michel Vernier, finalista del Future celebrado en Posadas.

Con su modulación veloz, digna de un auténtico chileno, el trasandino de 21 años relata que esta elucubración no lo afecta en la relación con los otros tenistas. Según Michel, nadie lo mira raro. “No hay que darle bola, tampoco. En definitivamente es un rumor que no me molesta en absoluto. Es chistoso. Más que nada me da risa. Tengo re buena onda con todos así que no pasa nada”, aclara.

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No obstante, el joven que alcanzó la definición atravesando la clasificación (ganó siete partidos hasta perder con Patricio Heras), arremete: “Nunca me lo han preguntado. Nunca me han dicho ‘Oye, ¿tú la ganaste?’”. Tal vez, al no aclararlo, lo que comenzó como un secretito terminó en un mito dentro del microclima que se vive en los Futures sudamericanos.

Si fuese verdad, y los millones estuvieran en su cuenta bancaria, Vernier no cambiaría nada de su vida. Así está más que bien. “Seguiría viviendo mi vida normal. El tema de la plata no te soluciona la vida. Te ayuda, pero sería un peso menos durante las giras”, relata.

EfectoTenis: – Ponele que es verdad y me tenés que dar seis números, ¿cuáles serían?

Michel Vernier: – No te los daría (risas).

ET: – Daaale.

MV: – Bueno. 1, 7, 3, 4, 10 y 12. Si te lo ganás me tienes que dar la mitad a mí.

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LA MEJOR SEMANA DE SU CARRERA

Previo al comienzo del Future de Posadas, Michel Vernier (1141° ATP) nunca había alcanzado los cuartos de final de un torneo de esta categoría. Hasta el momento, su carrera no era más que  luchar en las qualys, pequeña competencia previa que otorga lugares para el cuadro principal.

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De hecho, la relación entre Vernier y el tenis es reciente. Hasta los quince años jugó al fútbol en las divisiones inferiores de Audax Italiano. De allí se fue porque no le gustaba el entorno, donde sus mismos compañeros robaban dentro del vestuario. Según una anécdota que relata, el entrenador que lo dirigía en el club de “Los Tanos” le dijo que para jugar al fúlbo (?) tenías que ser pobla, término equivalente al lunfardesco villero. “Arranqué a jugar al tenis y no paré. De una al profesionalismo”, señala Michel.

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Volviendo a Misiones, el aire del Litoral le sentó bien y, viniendo desde la clasificación, alcanzó la final. En el camino eliminó al primer preclasificado, el guatemalteco Christopher Díaz-Figueroa (404°), al japonés Uchida (570°) y al argentino Hernán Casanova (475°), entre otros.

“Fue una semana súper linda. Me sentí súper cómodo. Gané buenos partidos y hubiese sido mejor aún cerrarla siendo campeón. Así es este deporte… Tuve mis chances, pero no las pude aprovechar. Sabía que con (Patricio) Heras iba a ser un partido duro”, comenta con sencillez Vernier, que en Posadas casi se gana la lotería tenística.

Fotos: Le Tenisse / Sebastán Capristo y El tenis que no vemos / Mercedes Fuentes.

Tranquilos, papis

12 Ago

5026 lugares libres quedan en el el Court Central del Buenos Aires Lawn Tennis Club. Solo un asiento está ocupado en el estadio más emblemático del tenis argentino. Rodeado de butacas sin aficionados, Gabriel Markus mira como su hija disputa un partido correspondiente a un torneo de menores del circuito de la Asociación Argentina de Tenis. Sentado, en soledad, el ex 36° del ranking ATP se da cuenta que ocurrió un enroque. Él está del otro lado. De la cancha a la tribuna. Sin embargo, eso no lo sorprende, su experiencia como entrenador es amplia. Aquello que lo moviliza es que Carla, de 9 años, sea la que está golpeando de drive y de revés.

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Carla Markus en la inmensidad del Court Central.

“Es divertido. Mi nena es chiquita y recién está empezando a jugar algunos torneos. Qué lindo que esté jugando en este estadio donde pasaron tantos jugadores y donde yo también jugué tantos torneos. Es una linda experiencia”, le dice Gabriel Markus a EfectoTenis. El ex coach de Guillermo Coria, David Nalbandian, entre otros jugadores, no  olvida que sobre aquel polvo de ladrillo han jugado glorias de la talla de John McEnroe, Guillermo Vilas, Rod Laver, Fred Perry, Bjon Borg, Rafael Nadal, Serena y Venus Williams, por nombrar solo algunos estandartes del denominado deporte blanco. Ahora lo hace su hija. Con el sonido del peloteo como música, la charla continúa: “Hacer de padre es lindo. Acompañarlas a ellas en algo que les gusta hacer a mí me da mucha felicidad. Me gusta que jueguen al tenis, más allá de qué nivel tengan o a dónde puedan llegar. Mientras que se diviertan y me pidan ir a jugar es una alegría”, aclara Markus, de 45 años, que según su recuerdo jugó seis veces en ese mismo estadio.

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Gabriel y Carla Markus, una de sus tres hijas.

Una hora más tarde de la presentación de Carla Markus, los roles entre padre ex tenista e hija se vuelven a invertir. En las gradas, junto a su oriental mujer, Phiang, Guillermo Vilas observa con atención la performance de su heredera de mayor edad, Andanin. “Para ella es una cosa nueva, yo ya lo conozco. Tiene una sensación muy especial, particulrmente si has jugado antes, te conecta con tus cosas”, le dice el poético Willy a EfectoTenis, en referencia a las sensaciones de jugar en “La Catedral”.

“Cuando veo el estadio me toca. Siempre iba a ver los partidos con mi profesor para aprender tácticas y técnicas. No lo veía desde abajo, lo hacía desde arriba. Él me explicaba que el tenis se tiene que ver desde arriba. Ahí ves las jugadas”, recuerda el siempre charlatán e interesante Vilas, quien rememora que, junto a su entrenador Felipe Locicero, venía a ver los partidos para aprender a jugar.

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Justamente con esa visión panorámica de la que hablaba, desde arriba, sentado en uno de los laterales del estadio, Guillermo y Phiang ofrecen una imagen cinematográfica. Mientras la esbelta jovencita de 11 años golpea desde el fondo de la enorme cancha, fuera, hombro a hombro, los padres de Andanin, dispares en la diferencia de edad –Willy le lleva 30 años a su esposa tailandesa-, admiran la victoria de su hija. Lo hacen con total respeto, sin emitir una palabra, un reproche, ni un consejo. Simplemente la dejan jugar con total libertad a equivocarse y a acertar. Una imagen ejemplar con respecto a otras situaciones que se vivieron en ese mismo torneo de menores en el cual participaron chicos y chicas de ocho a diecisiete años.

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“Sos un cagón, en este deporte tenés que tener cabeza”, le decía un padre a su hijo de 11 años, luego de perder un partido de la categoría Sub 12. La frase fue capturada por la psicóloga deportiva Mariela García, quien trabajaba con dos participantes del torneo que se desarrolló hasta la semana pasada en el club palermitano. “El apoyo de los padres es fundamental en cualquier chico, pero sobre todo a edades tempranas. Comentarios de este tipo pueden perjudicar muchísimo a un chico de corta edad. Afectan directamente a su autoestima al disfrute de la actividad. Puede llevar al sufrimiento o no disfrute y posterior abandono del deporte. Los chicos buscan constantemente la aprobación de sus padres y todo el tiempo quieren demostrar”, explica la Licenciada en Psicología Deportiva, que trabaja los factores psicológicos que influyen en el deportista, como así también el aspecto mental, “un área más a entrenar sumándose a lo técnico físico y táctico”.

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Mariela García, psicóloga deportiva. Ph: Sebastián Capristo / LeTenisse.

“Decí que no se puede hacer, pero no le permitiría entrar al club. Un padre que le dice eso al hijo le está creando un daño que va a quedar permanente en la cabeza del hijo. Hay hijos que tienen una personalidad sumisa, que lo aceptan, que se bancan todo eso, pero el dolor queda adentro. Que la persona que más te quiere, tu padre, te diga algo feo lastima demasiado. Me parece que habría que usar otras palabras y no debería ser el padre quien las diga sino su profesor”, señala Markus, que se suma al debate sobre esta lamentable situación.

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La familia que aplaude durante todo el match los puntos de su rival, el vehemente reclamo post partido sobre los fallos del árbitro, el descarado coaching refugiado detrás de la toalla, el niño de ocho años que, acompañado por su padre, pide con altanería jugar en la Cancha Central, son otros ejemplos de relaciones conflictivas que no hacen más que lastimar al chico y privarlo del divertimento que implica practicar un deporte a esa edad. Pero, ¿por qué? ¿no debería ser de otra manera?

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El fair play entre los jugadores sí existe.

“La relación debería ser de apoyo y acompañamiento en la actividad o carrera deportiva. Los chicos necesitan saber que pueden contar con sus padres. Lo importante es que los acompañen sin estar demasiado pendientes o encima del chico. Digamos sin que se torne excesivo”, explica García, que durante los entrenamientos y sesiones trabaja: la motivación, la concentración, la confianza, el manejo del estrés, las presiones y las emociones, entre otros aspectos.

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Andanin y Phiang, descontracturadas. / Ph: Sebastián Capristo . LeTenisse

Lejos de querer generalizar, existen muchísimas familias que acuden con el simple e importantísimo rol de acompañar. Sin embargo, hay otras – que no son tan pocas- que cargan de presiones y frustraciones a sus hijos. “Puede haber muchas razones, pero creo que están desesperados porque los hijos triunfen o ganen lo que ellos no ganaron en su juventud. Sufren tanto que para ellos solo vale el hijo si ganó o perdió. Es un sufrimiento en toda la familia. No me quiero imaginar a la familia de ese nene en la casa, la tristeza que debe haber”, intenta explicar Markus que, al igual que Vilas, deja jugar al tenis a sus hijas.